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“Novecento. La leyenda del pianista en el océano” es una historia que merece la pena que sea leída ya únicamente por lo que la diferencia con respecto a otros libros. Es, a la vez, un monólogo, una obra de teatro narrada y un cuento largo convertido en novela. Una miscelánea con dosis de humor en píldoras puntuales para adentrarnos en una fantasía romántica, con momentos oníricos que evocan el surrealismo suramericano.

 La singularidad y el misterio de su protagonista es el alma que mueve todo, desde las teclas del piano, hasta las páginas para el lector, que puede caer en la tentación de llegar en unas horas al final, arrastrado por una música extraña que no puede oír, pero percibe y que huele a jazz.

 Las notas y el humo de los cigarrillos se colarán inevitablemente entre líneas en una atmósfera que sólo es posible en medio del mar. La única patria para un huérfano abandonado en un trasatlántico y criado por un mecánico negro que encuentra en la música su razón de ser. Es por eso, la necesidad con la que se aferrará a ella para vivir, la que motivará que  no se despegue del instrumento que encuentra entre la orquesta, del que logrará sacar los acordes más insólitos a pesar de su corta edad, demostrando un talento sobrenatural.

 La abstracción que el libro hace de la realidad tiene puntos de poesía, como el momento en el que el protagonista tiene que salir del barco por primera vez en su vida y  no encuentra un motivo de peso para hacerlo o las evocaciones que hace de la amistad (con el chico que cuenta la historia) y la belleza de las pequeñas cosas (una noche de tormenta, puede convertirse en una insospechada fiesta y la mirada atenta de una dama en un concierto, el amor en mayúsculas). Allí, atrapados en la inmensidad del océano todo se magnifica y pierde su sentido para ganar otros diferentes.

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