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Para los fans de la ciencia ficción, “In time” podía ser una gran película. Protagonizada por Justin Timberlake (habiendo cantantes, para qué contratar a actores) y la guapísima Amanda Seyfried –Cartas a Julieta-, la historia se desarrolla en un futuro donde no existe la vejez y nadie muere por causas naturales. Sin embargo, para evitar la superpoblación, el sistema establece la activación de un reloj biológico que dota a cada ciudadano de un año extra de vida cuando cumple 25. Al consumirse ese tiempo, fallecerá al instante, a no ser que haga algo para ganárselo, ya que, a finales del siglo XXI, los minutos se usan como moneda de cambio.

En un principio, esta sociedad recreada por el director Andrew Niccol –Gattaca– aparenta ser muy democrática, pero, entonces, ¿por qué hay gente que parece vivir eternamente?

Un día, a Will Salas, un joven cualquiera de uno de los peores barrios de la ciudad, le hacen un regalo inimaginable, tiempo para hacer cambiar las cosas.

El argumento, desde luego, empieza siendo muy original y recuerda a la fantasía que caracteriza las novelas de Philip K. Dick –¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, obra que dio pie a Blade Runner-, incluso se aventura a criticar las clases sociales en un entorno que comparte similitudes con la crisis económica actual, pero aún así sólo aprueba por los pelos.

La razón es que a mitad de camino la película comienza a desmerecer con un romance forzado que sólo parece estar de relleno, para no tener que aportar más ideas a un tema que se ha complicado demasiado y que se convierte en un remake futurista de Bonnie & Clyde. Además, hay muchas figuras importantes desaprovechadas, como la del Guardián del Tiempo, Cillian Murphy, que no hace más que correr detrás del protagonista cuando podía ofrecer un contrapunto interesante o Vincent Kartheiser (Mad men), que pese a ser uno de los líderes del sistema, no toma unas decisiones ni muy creíbles, ni muy inteligentes.

En conclusión, lo de siempre, un producto enlatado para ganar dinero sin esfuerzo.

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