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El gusto por lo antiguo también ha llegado a la fotografía. No sólo consideramos el hacer fotos en blanco y negro o sepia, sino que además vemos con otros ojos las cámaras del pasado. Aquellas conocidas como las de “pequeño formato”, que nacieron más o menos en 1925, cuando se pasó de las placas al carrete fotográfico. Con él se podían realizar hasta 36 fotos y sustituirlo por otro rollo cuando llegara a su fin.
Uno de los primeros sistemas fue el inventado por la casa alemana LEICA, que lanzó al mercado una cámara de 35 mm diseñada, en un principio, para el cine. Pero su cómodo tamaño, la aparición posterior del flash y la película de color (Kodacolor) en 1941, popularizó su uso en todo el mundo.


Precisamente, basada en las telemétricas de este modelo, Fujifilm ha creado la X-Pro1, sin espejo de ópticas intercambiables, con sensor de tamaño APS-C  y de tipo CMOS de 16 megapíxeles de resolución.
Otros ejemplos, siguiendo el aire retro de las analógicas de 1959, serían las cámaras Olympus de la serie PEN, como la EP3, de pantalla táctil, procesador de doble núcleo y sensor de 12 megapíxeles.


Y directamente de los años 60 resucita “Diana”, que se empezó a fabricar en China por aquella época y se comercializó en EEUU. Hecha de plástico, la ahora Diana F+ incluye un flash que dispara una luz natural o en distintos colores, tiene dos tipos de obturación (luz/día y “B”), tres aperturas distintas y un foco manual. Además, ofrece dos formatos de imagen (12 o 16 fotogramas en una película de formato 120).


Porque lo moderno nunca está reñido con lo clásico.

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