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Todo el mundo me había hablado de “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger, como uno de los grandes de la literatura moderna y siempre había tenido mucha curiosidad por leerlo, pero, como ocurre la mayoría de las veces, la lista de títulos pendientes de descubrir aumenta más rápido que el tiempo del que dispongo para hacerle frente.

Fue en la clase de inglés, cuando la profesora nos ofreció su biblioteca personal para que ampliáramos nuestros conocimientos, cuando me decidí a pedírselo.

La primera impresión que me dio el protagonista, Holden, que empieza dirigiéndose al lector desde la primera página, fue muy desagradable: “Si realmente quieres escuchar esto, la primera cosa que probablemente querrás saber es dónde nací y cómo fue mi infancia perdida, qué hacían mis padres y todo antes de que ellos me tuvieran y demás cosas, pero no me siento con ganas de hacerlo. En primer lugar eso me aburre y en segundo lugar, a mis padres les daría un ataque si yo contara cosas muy personales de ellos”.

Automáticamente en mi mente se creó una imagen de adolescente atormentado, pasota, estúpido, creído e insolente, que aumentaba al mismo ritmo que avanzaba en la lectura.

La acción comienza cuando decide abandonar el internado en el que se aloja, anticipándose a su expulsión, justo unos días antes de que den las vacaciones de Navidad para todos los estudiantes. No tiene valor suficiente para volver a casa y enfrentarse a la verdad, así que se las arregla para pasar esos días por la calle hasta coincidir con la fecha del fin de las clases y que sus padres no sospechen nada cuando llegue con las maletas.

Le pasa de todo. Pero lo más importante es su evolución interior, seguir sus fobias y sus manías, sus diálogos consigo mismo. Entonces, descubres a un ser asustado, que no confía en nadie, ahogado por sus mentiras -que se vuelven compulsivas- y que no espera nada de la vida, ni sabe a dónde dirigirse, pero, después de muchas tribulaciones, encuentras que tiene una razón para comportarse así, que da sentido a la trama y que no voy a desvelar.

Cuando lo explica, empiezas a sentir compasión. Algo comienza a cambiar en el lector, que se vuelve psicoanalista del adolescente.

Sigues con él y te das cuenta que en el fondo es una persona noble, de corazón frágil…

¿Cómo? ¿Este zoquete?, ¿una persona noble? ¡No puede ser!

Bueno, cada uno puede tener su propia opinión sobre él, pero independientemente de la forma de ser del protagonista, lo cierto es que, meses después de haber leído el libro, podía recordar todos los momentos con pelos y señales, como si estuviera viendo una película.

Reconozco que la lectura empezó siendo algo tedioso y pesado (hay que decir que lo leí en inglés), pero después, esa horrible forma de narrar, verborreíca, llena de repeticiones y falta de vocabulario, donde muchas veces se iniciaba una historia y súbitamente se saltaba a otra, intentando imitar el discurso de un niño, ganaba en emotividad. Se volvía rica, porque se cargaba de matices y colores, definía al personaje y te envolvía con él.

No sólo consigue que tú te vuelques en la historia, sino que también hace que tu intuición vuele, que se desarrolle una lectura subjetiva, donde el lector imagina lo que no se dice en el libro. Las miradas, los sentimientos… están ahí, pero no con palabras directas. Es hermoso. No se puede decir más.

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