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Una de mis películas preferidas está de aniversario. Hace cuarenta años que Francis Ford Coppola rodó El Padrino. ¿Qué más se puede decir de esta obra maestra? Venerada hasta el infinito, tengo que decir que para mí también es perfecta.

Me hubiera gustado presenciar la parte del rodaje que transcurrió en Sicilia y ver el recibimiento a todo el equipo. El pasado verano unas amigas y yo disfrutamos de los mejores cannoli del mundo en Motta Camastra, uno de los pueblos en los que se rodaron algunas localizaciones de la primera entrega de la mítica saga. Seguramente vivieron alguna sobremesa como a la que fuimos invitadas en la calurosa terraza de la trattoria. Pero ese momento, no menos peliculero, merece ser contado con calma en otra ocasión.

La cultura, las ruinas griegas y romanas, los palacios barrocos, las carreteras enrevesadas, los helados y granizados, la gente amabilísima, el calor sofocante, las aguas cristalinas, la ropa tendida en los balcones, los pueblos imposibles colgados de montañas, los pequeños puertos de pescadores y los mercados abarrotados de olores y colores fueron nuestros compañeros de viaje.

Fue un periplo muy intenso y del que como no podía ser de otra manera sentimos nostalgia ya que se convirtió en toda una experiencia. Si podéis, visitad la isla más grande del Mediterráneo durante la próxima Semana Santa o mientras ilumine la primavera y todavía no apriete el calor. Nosotras contratamos la organización del viaje a los chicos de Shine Sicily, que nos prepararon un recorrido de casi 15 días gracias al cual nos hicimos una idea del estilo de vida y los siglos de historia que han creado esa tierra tan peculiar.

Nos alojamos en cuatro casas rurales situadas en diferentes partes de la isla y nos desplazamos en un coche alquilado. Quien os diga que los sicilianos conducen mal se queda corto, pero no os preocupéis porque también son muy comprensivos y no se alteran por absolutamente nada. ¡Qué buen carácter!

No os perdáis un desayuno con crostata, en Agroturismo Don Carlo, Anna las hornea la noche anterior. Disfrutad el ambiente nocturno de Trapani. Subid a Erice en funicular porque la vista del mar y las salinas sobrecoge. Sentíos protagonistas de una tragedia en los teatros de Segesta y Siracusa. Flotad relajadamente en las aguas cristalinas de una cala después de serpentear por los senderos de la Riserva dello Zingaro. Sentid la decadencia de Palermo y la espiritualidad del Pantocrator de la catedral de Monreale.

Ved como pasan los viñedos ante vuestros ojos durante la travesía. Escuchad a Fiorella Mannoia en el porche de La casa di Pippinitto. Cenad sobre un mantel de cuadros blancos y rojos en una de las piazze de Acicastello, Aci Trezza y Acireale. Caminad por el agua fría del río encañonado de Gola D’Alcantara. Husmead entre los puestos de los mercados callejeros de la cosmopolita Catania. Entrad en las tiendas de la sofisticadas Taormina.

Salid a uno de los balcones del palazzo de Al Sakali y quedaos sin aliento contemplando la ocre y cubista Ragusa. Tomad un cóctel en la Piazza del Duomo de Ibla. Propagad vuestro eco en la Oreja de Dionisio. Enfermad de sobredosis barroca en Modica, Scicli y Noto. Comed los más sabrosos spaghetti con gambas en un bar de carretera de Playa Grande.

Sentíos observados por los vecinos de Sant’Angelo Muxaro… y cómodos, y preguntados, y bien recibidos, y queridos y sentid añoranza cuando recordéis a toda esa gente y las pizze que servían en la terraza de Val di Kam. Sentíos afortunados y agradeced que Piero y Gina sean vuestros anfitriones. Pasead de noche entre las piedras milenarias del Valle de los Templos. Acostaos bajo un sol perfecto sobre la roca blanca y suave de la Scala dei Turchi.

Cansados después de tantos kilómetros, os daréis cuenta de que nunca se acaba de conocer Sicilia porque está pensada para disfrutar con calma. Donde las prisas no tienen cabida y te reciben con los brazos abiertos, es imposible no querer volver.

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