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El Domingo de Pascua sabe a chocolate. Las pastelerías se llenan de huevos espectaculares o monas diseñadas para atraer los ojos de los niños, mientras los padrinos sacan el dinero de la cartera preguntándose cuánto les costará la cara de felicidad de sus ahijados.

Con ello se celebra el fin de la Cuaresma cristiana, un período de cuarenta días de ayuno, oración y penitencia, que concluye con la celebración de la resurrección de Jesús. En todo ese tiempo, no se puede comer ni carne ni huevos. Es por eso que antes, quien tenía gallinas, decidía guardar su producción para dársela a los pequeños ese domingo.

Pero esta tradición tiene mucha más historia. De hecho, para llegar a sus orígenes nos tenemos que remontar a la época de las antiguas civilizaciones como Grecia, Persia y Egipto. Para ellas el huevo representaba la vida y la fertilidad. Se pintaba a mano y se regalaba en festividades y ritos que celebraban el final del invierno.

Este símbolo, al igual que el del conejo -debido a su conocida capacidad de procreación-, estaba ligado a la diosa de la primavera, que adoptó nombres diferentes en cada cultura, pero que compartía las mismas características. Por ejemplo, los fenicios la llamaron Astarté o Istar; los egipcios, Isis; para los griegos era Afrodita; los pueblos germánicos la conocían como Eostre y en el mundo anglosajón fue Easter. Los británicos aún ahora conservan ese nombre para referirse a la Pascua.

Sin embargo, para evitar el significado pagano de estas figuras, se cristianizaron con una leyenda. En ella se cuenta cómo un conejo estuvo encerrado en el sepulcro junto a Jesús y presenció su resurrección. Al salir con él, fue elegido como el mensajero para comunicar y recordar a todos los niños la buena nueva, dándoles huevos pintados.

Ese mito derivó a que, más adelante, en toda Europa, para celebrar la Pascua, se regalasen primero huevos duros, después se empezaron a elaborar con azúcar y finalmente, con la llegada del cacao, de chocolate, al igual que las figuritas de conejos.Además, en Inglaterra y EEUU, por ejemplo, se celebra la caza del huevo, donde los niños buscan por el jardín los huevos que les ha dejado el conejo. También existe la “Easter Egg Roll” (Carrera de Huevos de Pascua), en la que compiten por rodar huevos duros de colores.

Otro origen diferente es el de la rosca de Pascua. Esta proviene de las saturnales romanas, en las que se daba las gracias a la tierra haciendo una torta redonda con higos, dátiles y miel. Los italianos desarrollaron esa tradición para crear la actual rosca hecha de leche, huevo y harina. Representa la unidad familiar y el concepto de continuidad, el renacer eterno.

También existe una leyenda en la que se habla de un rey bárbaro que había sitiado la ciudad de Pavia, en Italia. Para ganarse su favor, el día de Pascua, un pastelero preparó un postre con forma de paloma, símbolo de paz y amor y se lo regaló al monarca. Tan conmovido quedó el rey, que en prueba de amistad, liberó a la población. Con el paso del tiempo, fue cambiando la forma del postre, hasta llegar a la rosca, como un anillo de amor y amistad que une a los pueblos.

Mis rincones preferidos en A Coruña para hacerse con uno de estos dulces son:

Praliné. C/ Francisco Mariño, 14, bajo.

Chocolat Factory. Plaza de Lugo.

La Nueva Granja. C/ Real, 86, bajo.

La Gran Antilla. C/ Riego de Agua, 54.

Confitería París. C/ Torre, 6-8.

Confitería Glaccé. C/ Menéndez y Pelayo, 16.

Confitería Suevia. Avda. General Sanjurjo, 193-195.

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