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La amiga de mi madre tenía razón.

Estaban esperando en la puerta del colegio a que salieran los niños y entre una cosa y otra le comentó:

– Tu hija lo va a pasar mal si no cambia.

– ¿Por qué? -le preguntó mi madre.

– Porque es muy inocente. El mundo se la comerá.

Mi madre se quedó sorprendida. Yo tenía nueve años, pero es cierto que a esa edad ya empiezas a ver rasgos de la personalidad que permanecerán cuando seas adulto y comenzó a preocuparse.

Desde entonces, hiciera lo que hiciese, siempre me advertía de los peligros que me acechaban en cada esquina.

“No confíes en nadie”, “Tienes que hacerte más fuerte, porque en la vida vas a recibir muchos golpes”, “Sé lista, piensa en ti”. “No vayas con extraños”, “Nada va a ser tan fácil como ahora. Tienes suerte, otros no pueden decir lo mismo. Mira los negritos de África…”

Ahí sí que me sentía culpable, cuando salía el anuncio de Cáritas. Los ojillos de aquel bebé desnutrido mirándome. Me daban ganas de ir hasta Somalia y rescatarlos a todos.
En fin, mi madre quería protegerme, como todas las madres, y yo, como todos los hijos, le hacía caso… en algunas cosas.

No me creía lo que me contaba del mundo. Ese lugar egoísta y sombrío, donde cualquiera podía traicionarte. Pensaba que, como en todos los cuentos, había buenos y malos.

Sin embargo, sí me creí lo de que no siempre había finales felices. Era demasiado idealista, hasta para mí, y además pensaba, “Qué aburrido, ¿no? Si ya sabes cómo va a terminar…”

“Todo ten solución, menos a morte”, decía mi abuela. Ese sí que era un auténtico final.

No, la vida exigía esfuerzos. Mi madre tenía razón en eso y en seguida lo vi claro: yo debía formar parte del bando para salvaguardar el futuro de la humanidad. Luchar contra el crimen, como Superman, Batman y Spiderman. Igual no era lo que ella esperaba, pero sólo aspirando a lo imposible, conseguimos que algo de ello se haga realidad.

Los años siguientes fueron una aventura en la que tenía que buscar a mis compañeros de viaje, gente en la que pudiera confiar, para que, juntos, pudiésemos alcanzar nuestros sueños y desbancar a los enemigos. Pronto comprobé que había muchos de estos últimos y alguno se coló entre mis propias filas, pero no tuve grandes heridas de guerra, nada que no me permitiera continuar, y eso fue posible gracias a la gente que estaba a mi lado.

Sé que me quedan más páginas en blanco por escribir. 19 años no son suficientes, pero no me arrepiento de ser inocente si eso implica creer en las utopías. Existe el amor, existe la amistad, he ganado más de lo que he perdido. Tengo algunos mordiscos, pero el mundo no me ha comido. Todavía puedo luchar por lo que quiero porque tengo fe. Ahora, llámame inocente.

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