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Bueno, no sé cuánto tiempo me dejaría hablar mi querido Punset, posiblemente al minuto me estaría diciendo que las mujeres, en pos de la evolución de la especie, se fijan en los machos dominantes, líderes de la manada y en los factores físicos que denotan fuerza y un buen estado de salud. Según él y parte de la comunidad científica, buscamos a un progenitor que tenga un buen ADN para que lo hereden nuestras crías y que garantice nuestra seguridad y la de los pequeñuelos.

En parte es cierto, no lo voy a rebatir, ¿por qué si no nos llaman la atención los altos, las espaldas anchas, los brazos fuertes y los rostros marcados de masculinidad y belleza? ¡Queremos lo mejor para nuestra especie!

Pero seamos realistas, encontrar a alguien que cumpla esta lista de requisitos, es… difícil y posiblemente la tasa de natalidad mundial caería en picado. ¿Entonces?

Ayyy… amigas, entonces es cuando hablamos de psicología. El físico se tiene en cuenta, algo de atracción tiene que haber, pero la verdad es que lo que importa está dentro. No buscamos al hombre perfecto, sino al compañero ideal para nuestra forma de vida en evolución constante. Hay tantas formas de amar como mujeres hay en el mundo. Es imposible generalizar porque todo está lleno de matices y me voy a quedar corta.

Por ejemplo, hay mujeres que pueden ser ardientes y sensuales, huir de los compromisos y disfrutar de la libertad de no tener que rendirle cuentas a nadie. Están seguras de su belleza y harán que los hombres lo sientan así.

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En este caso, ella flirteará con el elegido, con un elegante descaro, porque le apetece, porque tiene algo que le gusta y si él quiere quedarse, será mejor que demuestre estar a la altura. Puede que acabe en su cama o no, quién sabe. Decide ella. A lo mejor, él resulta ser un buen amante, igual le pide el teléfono o le da el suyo para conocerlo mejor o simplemente le despide con la misma delicadeza con la que le ha seducido. Lo importante es el presente… y los retos…

Cuando no tienes nada que perder, es cuando más arriesgas. “Aquel chico, el que se cree el guaperas de turno sin serlo, el que parece que tiene el mundo a sus pies, a ese, me lo como yo en bocadillo” y empieza el duelo. Él sube dos escalones, ella, tres; él le dice lo guapa que está hoy y ella le contesta “Sí, lo sé” y se marcha sin mirarle, con una sonrisa y un rastro de perfume. Todas las chicas le hablan a él y le miran con ojos de cordero, pero ella no, ella hace que todos los chicos le hablen a ella, todos, menos él. Al final, alguno de los dos se sorprenderá pensando por qué menganito o menganita no le hace caso. Es un juego y los juegos, depende del momento y la persona, pueden ser divertidos, siempre que no te los tomes en serio, pero quién controla los sentimientos.

A veces se te escapa de las manos, aunque no quieras.

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De hecho, hay mujeres seguras de sí mismas, independientes y felices, que no echan de menos un hombre a su lado, pero… ¿y si de repente, aparece uno? ¡Chas! Como quien no quiere la cosa. Nervios, escalofríos, castillos de naipes que se desbaratan, por una sonrisa, por un comentario…

No, no puede ser, no cederán, no les gustan ni los granujas ni los susurradores. A ellas no se les sorprende con palabras, quieren hechos. Tendrás que ganártelo, chaval. Lo tenían todo antes de conocerte, ¿por qué iban a apostar por ti?, ¿para que les hagas daño?

Quizá te parezca una reacción exagerada, pero tiene una explicación y es que ellas ya tuvieron sus decepciones. En su momento lo dieron todo y también sufrieron por ello.

Si se enamoran, lo hacen con todas las consecuencias. Son personas que dan mucho, valientes para decir lo que sienten y decididas para ir a por ti si te quieren, pero necesitan que les des lo mismo. Hablamos de seguridad, ternura, pasión, comprensión, un toque de romanticismo y con ello no estoy hablando necesariamente de bombones, rosas y declaraciones de amor en público, sino de que averigües lo que pueda significar mucho para ella y se lo regales a tu manera. A lo mejor, con verte en la cocina intentando preparar la cena -aunque se queme-, ya es suficiente.

¿Y si eso también sale mal…?

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Es cierto, hay muchas historias tristes, que parecía que empezaban muy bien y terminaron fatal, con heridas mal cerradas y lágrimas de almohada. Hasta mucho después te pueden asaltar los recuerdos, cuando creías que habías reseteado el corazón. Ni siquiera merece la pena hablar de ellas… Llega un momento en que estás cansada de tanto pivón crecido y tantos cuentos frustrados.

Es verdad que se te escapan los ojos de vez en cuando, pero la cabeza no va detrás. No te llama, falta algo. Por tu oreja asoma la frase “todos los hombres son iguales” y pasas de todo. Adelante, yo soy lo primero, lo demás no importa. El tiempo, mientras, hace su trabajo.

Un día, estás en la panadería mirando las baguettes más tostadas y alguien te pregunta si te puede ayudar en algo. Tras el mostrador aparece un chico, de lo más normal, de apariencia alegre, que te explica que está sustituyendo a María porque está de baja por maternidad.

Sin saber cómo ni cuándo habláis de política y de los recortes del Gobierno, de la gente del barrio, de las vacaciones, de los viajes, tenéis un pequeño debate sobre cine y después de tres horas te marchas con dos baguettes y una empanada, sonriendo como una estúpida y pensando en esas manos de panadero…

Evidentemente, al día siguiente lo vuelves a ver, él sonríe, se acuerda de ti… Y bueno, no es un sex symbol, pero te lo hace pasar tan bien…

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Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear,
saber gozar y sufrir
y no dormir sin soñar.
Descansar, es empezar a morir.

Gregorio Marañón (1887-1960) Médico y escritor español.

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