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Lo confieso: siempre he sentido una simpatía especial por Ana María Matute y no me hacía falta leer ninguno de sus libros para eso. Me bastaba con verla en alguna entrevista en el periódico. Miraba su foto y la entendía.

Al momento, sentía el brillo de la ilusión; la ternura de una inocencia lejana que vuelve con los recuerdos; las cicatrices de una vida difícil, pero estimulante y la valentía de alguien que se atrevió a ir contracorriente para defender su verdadera identidad.

Ana María nació en Barcelona, en 1925. Sus padres eran burgueses y conservadores, así que esperaban que su hija se convirtiese en una auténtica señorita y que algún día pasara a ser la mujer de alguien. Sin embargo, eso no iba con ella, y desde pequeña parecía vivir en un mundo aparte que nadie comprendía, muchas veces provocado por los cuentos de los que no se despegaba. Por eso la castigaban a menudo en el cuarto oscuro, pero en vez de corregir su comportamiento, esa habitación impulsó su genio creativo, que después empezó a materializar en palabras.

Con 17 años ya había escrito una novela, “Pequeño teatro”. A los 24, ganó el Premio Nadal y en 1996, publicó su obra más conocida, “Olvidado Rey Gudú”. Además, ocupa el asiento K en la Real Academia y en 2010 se convirtió en la tercera mujer que recibió el Premio Cervantes.

Hace tiempo, cuando trabajaba en un periódico como correctora en la mesa de dirección, tuvimos un pequeño debate sobre los méritos de esta escritora. Los tres hombres de la sección consideraban su obra como un género menor, ya que se centraba en los sentimientos y en algún momento resultaba infantil, decían. Yo contesté que había que ser muy valiente y tener una gran capacidad de análisis para mirar dentro de uno mismo y explicarlo con palabras sencillas; crear algo nuevo, dentro de la literatura fantástica y ser capaz de defenderlo en un ambiente mayoritariamente masculino hasta hacerse notar.

Un poco de todo esto se respira en una de sus últimas obras, “Paraíso inhabitado”, en gran parte autobiográfica y escrita con un estilo impecable. En ella, la protagonista, Adri, de unos diez u once años, nos traslada a ese último paso entre la niñez y la adolescencia, donde cualquier detalle podía ser el comienzo de una gran aventura y el mundo adulto comienza a manifestarse con desagrado.

Hay magia, muchísima ternura y grandes dosis de realidad, explicadas con una sencillez apabullante. Las metáforas y las comparaciones son de un gusto exquisito y la percepción psicológica de la autora es perfecta.

Después de leer otros libros, sobre todo novela de viajes con protagonistas adultos, el aterrizaje en este reconozco que fue un choque total, desde el primer capítulo, porque la mayor parte del argumento transcurre en una casa y sin embargo, eso puede ser todo un universo.

Pasan cosas increíbles, demenciales para alguien con cierta edad, pero no abandones, al contrario, entra dispuesto a creer, haz ese esfuerzo y enseguida Adri te cogerá de la mano.

Poco a poco, irás empequeñeciendo, con tu consciencia aturdida y contemplarás a los mayores como “gigantes”, con problemas extraños que tu experiencia te hará reconocer. Recordarás un montón de sensaciones que habías olvidado y verás cómo los unicornios se escapan del tapiz.

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