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Hace unas semanas, mis amigas me preguntaron si quería ir con ellas a ver una obra de teatro que había en el Ágora. “A cantante calva”, excelentemente representada y adaptada al gallego por el grupo Manicómicos,como comprobaría después. En ese momento, leí muy por encima el argumento y me parecía un poco extraño…

“Dicen que es una obra clásica de Dostoievski“, me contaron. Yo, que no me sonaba el título de nada, pensaba en el escritor y decía: “Bueno, Dostoievski es un moralista. Muy rara no puede ser”. Y allí que nos fuimos.

Por desgracia, llegamos un poco tarde, así que nos sentamos a oscuras y con la obra empezada.

Evidentemente, aterricé en ella con todos los pilotos encendidos para tratar de coger el hilo cuanto antes. En escena, la señora Smith mantenía un diálogo (o quizá un monólogo) con su marido que leía la prensa en la sala de estar.

Al cabo de quince minutos ya me di cuenta de que no se estaban escuchando, que lo que decían no tenía ningún sentido y además la señora parecía ponerse caliente ¡¿mientras limpiaba con un plumero?!

No… eso no era de Dostoievski.

Más adelante, cuando el matrimonio se iba a la cama, aparecía otra pareja que estaba oculta tras una manta, a un lado del sofá, porque deseaban estar en esa casa, pero no sabían cómo presentarse.

A partir de ahí, las cosas se van de madre. Ya nada tiene ni pies ni cabeza, pero estás riéndote a pleno pulmón. La exageración gestual de los actores, las situaciones surrealistas, la ruptura constante de lo que tú crees que es normal hace que pienses que te están tomando el pelo, que te han timado, que qué diablos es esto… Sí, sí, lo que tú quieras, pero te estás partiendo y no eres capaz de levantarte de la silla. Quieres saber, necesitas saber hasta qué punto son capaces de enredar lo que ya está enredado.

Pues lo hacen, cuando entra en la casa el jefe de bomberos que, ¡claro!, pasaba por allí a ver si había algún fuego que apagar.

La verdad es que es la primera vez que salí del teatro sin saber muy bien qué pensar. Lo que tenía claro es que era la cosa más rara que había visto en mi vida y que las agujetas de reírme aún las tendría al día siguiente.

Fue entonces cuando hablando con otra amiga, se me ocurre comentarle:

– “El otro día vi una obra de teatro más rara… La cantante calva, de Dostoievski, ¿la conoces?”

– Sí, neni -me contesta- pero no es de Dostoievski, es de Ionesco. Teatro del absurdo.

– Ahora lo entiendo todo.

El absurdo…

¿Por qué cuando vemos a una persona tenemos que saludarla? ¿Por qué se estableció la palabra “hola” para hacerlo? A un adulto le explicaríamos que es una convención social y a un niño le diríamos: “Así saben que te alegras de verlos”. Pero podríamos decir “sapo” en lugar de “hola”, si la sociedad así lo respaldara.

Muchas de nuestras acciones, sobre todo, las más cotidianas, no tienen una razón lógica y ni siquiera nos las planteamos: lo que entendemos por buenos modales, la forma correcta de decorar una casa, qué cosas son bellas y cuáles no, los pasos que tenemos que seguir para madurar y ganar el respeto de los demás, etc.

Entre los años 50 y 60, tras las Grandes Guerras, la gente intentaba volver a la normalidad, pero qué era eso realmente. Fue entonces cuando algunos escritores, como Samuel Beckett en Irlanda, Eugène Ionesco en Francia y Miguel Mihura en España,  empezaron a romper con los convencionalismos y cuestionar en sus obras esa sociedad que construimos y que dicta, de una forma invisible, las normas de lo que debe ser.

Así nació el absurdo: páginas y páginas de historias que parecen empezar con una línea argumental clásica, pero no, esta se va desbaratando hasta que no tiene sentido alguno, hasta que comprendamos que nuestra propia vida tampoco lo tiene, sólo aquel que nosotros le queramos dar.

Y por cierto, ¿y la cantante calva?

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