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Hace un año que decidí dejar de castigarme. Sentada al borde de una piscina, mientras mojaba los pies y contemplaba el negro de la noche siciliana salpicado por el más sofisticado strass, el que componen las estrellas, me dije basta.

En ese momento, que duró unos minutos, estaba sola, en medio de la nada, lejos de mi día a día y fui feliz. Incluso se me escapó una sonrisa mientras escuchaba a los grillos en medio de su hiperactividad nocturna. Entendí que merecía disfrutar, que no debía de ser tan exigente conmigo misma en algunos aspectos y dejar de culparme por los errores de otros.

Que te rompan el corazón duele. Y mucho. Pero guardar los pedazos en el congelador durante años como a Walt Disney termina por doler mucho más. Así que intuí, y mi intuición es infinitamente más eficaz que el mejor de los videntes, que había llegado la hora del deshielo. ¿Los casi 40 grados de temperatura ayudarían?

Desde entonces, como una yonki en rehabilitación, he aprendido a desengancharme por fin de los malos recuerdos, he aprendido a quererme y a mimarme como nunca. He descubierto que cuando haces eso, poco a poco, todo mejora. ¡Y cómo!

A lo largo de este año me he regalado a mí misma tardes junto a un mar inquieto que agita el alma; carmín rojo para mis labios, que dibujan sonrisas sinceras y agradecidas; un corte de pelo que me ha dado fuerza, al contrario que a Sansón; paciencia y comprensión, conmigo y los demás y ganas de empezar de cero en varios terrenos, incluido el de los sentimientos. Y eso significa que ahora me encuentro limpia por dentro. No sé qué pasará. A lo mejor no pasa nada. No sé si volveré a sentir mariposas en el estómago. No tengo ni idea de si le gustaré a alguien o se enamorarán de mí. Pero ahora sé que no me importaría.

Desde hace varios años la llegada del mes de agosto me producía desasosiego. Era un mes que no me gustaba. Cosas dolorosas del pasado sucedieron en agosto. Aquel año llegué al convencimiento de que se me habían agotado las lágrimas. Ahora me parece que todo ocurrió en otra vida.

Es posible que mi reconciliación con el octavo mes hubiese comenzado hace ahora un año, acompañada de dos de mis mejores amigas, mientras recorríamos en coche las carreteras enrevesadas de la isla más grande del Mediterráneo. La misma que tiene la noche estrellada más perfecta y reconfortante. La que te arropa mientras refrescas los pies en una piscina.

Mis amigas todavía no lo sabían, pero gracias a ellas y a otros amigos que siempre me han apoyado, estaba a punto de hacerme uno de los autorregalos más importantes: este blog. Fue en ese viaje y gracias a mi cambio de actitud cuando nació Amarene. Supongo que se venía gestando desde hace tiempo, pero mi amor incondicional por Italia fue la inspiración definitiva. Las amarene son cerezas que suelen utilizarse en repostería. Su color es un rojo profundo e intenso. Son carnosas y sabrosas. Son perfectas. Laurisas, tan apasionada como yo, captó inmediatamente la idea inicial y juntas desarrollamos y trabajamos desde entonces en este proyecto.

Acaba de terminar otro agosto y ya puedo decir que no le tengo manía. Ha sido un gran mes que me ha dado descanso, tranquilidad y muchos momentos inolvidables. Uno de ellos sucedió precisamente durante su último día alrededor de una mesa, en una terraza, con el sol dándose el último chapuzón en el Atlántico, mientras la luna azul imponente empezaba a acaparar el cielo.

Nuestro satélite no sólo ejerce su influencia sobre las mareas y los partos. También lo hace sobre los sentimientos. En la conversación que se produjo alrededor de aquella mesa me di cuenta de que no sólo nosotras buscamos nuestro príncipe. Ése que se supone que nos tiene que rescatar, el mismo que nos quiera incondicionalmente, el que nos hace reír, el que nos mima. También ellos buscan princesas sinceras y valientes que no arañen su corazón.

Logramos ponernos de acuerdo sobre que sí existen los flechazos, pero no sobre si estos pueden acabar en enamoramiento. Yo sostengo que sí. También coincidimos en que es muy probable, que como sabiamente dice el refrán, tropecemos de nuevo en la misma piedra y elijamos muy mal de quien nos enamoramos. Pero claro, quién tiene poder de decisión una vez que ya sientes por una persona. Lo único que te queda es escapar antes de que el desastre sea mayor.

Si nos quedamos paralizados pasa lo que pasa. Y allí estábamos unos cuantos acordándonos y maldiciendo dolores pasados. Según algunos, las malas experiencias nos enseñan y son buenas porque significa que antes de que sucedieran, hubo cosas buenas. Yo, sin embargo, soy más de la idea de que las relaciones empiecen siendo muy positivas sin motivo alguno y que lo único que les pueda pasar es que mejoren, como el vino. Me gusta pensar que no tienen porque acabar y menos de manera fatal.

Y nos pusimos a interrogar a la única pareja que había. Queríamos saber cómo se habían conocido, cómo se habían enamorado y cómo después de tantos años se mantienen felices y unidos. Y acabamos por darnos cuenta de que a las personas les gusta sentirse especiales y que, en parte, la felicidad es que alguien te haga sentir así. Y supe que de una manera u otra, todos queremos eso.

Resulta que necesitamos mucho cariño y muchos cuidados. Algunos somos como pacientes en rehabilitación que piden el alta voluntaria antes de tiempo. Y decidimos seguir hacia delante, hasta que no podemos más. Pero nunca lo reconoceremos porque nuestra piel ya está curtida, como la de los pescadores veteranos. Nos echamos el mundo a la espalda y afrontamos la vida porque es lo que toca y ésta no espera por nadie.

Y entre bromas, pasotismos, análisis y desvaríes varios afloran las necesidades. Ahora sé que no soy la única que se rinde ante una sonrisa, a la que una mirada le puede hacer temblar las rodillas, a la que le gusta reírse a carcajadas con las payasadas que te quitan años de encima, a la que determinados gestos o comportamientos la hacen sentirse especial. Ahora sé que algunos ya tienen esto, otros lo tuvieron y es posible que a algunos nos esté por llegar. ¿Quién sabe?

Cuando has sufrido analizas todo hasta la extenuación. Examinas los sentimientos que te asaltan como si fueras a encontrar una respuesta. Lo he hecho siempre y he tardado todo este tiempo en darme cuenta de que no sirve de nada. Admiro a esas personas que son capaces de abandonarse y olvidarse del control. Ahora también sé que no soy la única que padece este mal. Me pregunto si tendrá cura. Supongo que está relacionado con hacerse una exfoliación muy profunda y afinar esa piel de pescador.

Una amiga me dijo hace poco que tengo miedo de que me hagan daño porque me duelen mucho las cosas. No lo sé. Pero sí sé que me cuesta la vida recuperarme. Y yo, como vosotros, sólo tengo una. La próxima vez, si la hay, espero que no haya dolor. Hace tiempo que no me creo nada, ni el más inocente de los piropos. Espero sonrisas sinceras y pícaras, mimos, cariño, pasión, comprensión, complicidad, apoyo, amistad, risas, caballerosidad, abrazos y miradas que quiten el hipo. Quiero que me conquisten. Y confío en poder creer que todo es de verdad.

¿No dicen que el destino te devuelve lo que proyectas? Pues que sepa mi destino que mi proceso de rehabilitación progresa adecuadamente, que estoy siendo muy buena y que tengo una página en blanco lista para escribir si surge la ocasión. Por favor, señor destino, empiece a portarse bien.

Agosto se despidió con una luna azul inquietante, bella y prometedora. Cuando nos íbamos, en el coche Julio Iglesias cantaba: “El amor no sólo son palabras que se dicen al azar por un momento y sin pensar, son esas otras cosas que se sienten sin hablar, al sonreír, al abrazar”. Pues eso. 

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