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Hay cosas que sabes que van a suceder. Están dentro de ti. Las presientes. Son certezas irracionales, pero más verdaderas que cualquier teoría científica demostrable.

Dentro de mí está el amor incondicional por los perros, con los que conecto de manera especial. Amo cocinar y el ritual que supone sentarse alrededor de una mesa a compartir con gente a la que quieres los platos que acabas de preparar. La belleza me conmueve por eso reverencio a Velázquez, a Coppola, a García Márquez, a Van der Rhoe, a Balenciaga, a María Callas, a Miguel Ángel, a Chavela Vargas

Supe desde siempre que amaría irremediablemente tres ciudades, pero me resulta imposible explicar el porqué. A Coruña, Roma y Nueva York son mi consentidas y aunque siga conociendo otras, en mi corazón no habrá sitio para infidelidades.

La primera es la ciudad en la que vivo. La conozco desde niña y siempre he tenido predilección por ella. Me gusta caminarla porque huele a mar, un mar irreverente y descarado que se cuela por tu nariz sin pedir permiso. Es la ciudad del viento, que despeja madrugones, airea casas y barre malos humores. Es como un cristal centelleante gracias a sus edificios hechos de miles de vidrios que reflejan la luz de su cielo inestable. Posee uno de los faros más bonitos del mundo, testigo de naufragios y tragedias, donde el furioso océano Atlántico ensaya su actuación más dramática para culminarla en la vecina Costa da Morte.

Sus calles nunca están vacías y las excusas de sus vecinos para estar fuera de casa son interminables: las hogueras de San Juan en la playa, el carnaval en la calle de la Torre, los partidos en Riazor, el tapeo de las calles Estrella y Barrera, los paseos en bici por la Dársena de la Marina. Y así durante 365 días.

Roma es amor al revés. ¿Algo más que añadir después de esto? Sí, el olor a pizza en las trattorie; los gritos y aspavientos de los romanos; los motorini subiendo por las aceras; los guardias vaticanos impecables cuando van de paisano; los escaparates de las boutiques más lujosas; comerse un gelato en una piazzetta escondida, lejos de todo ruido; las fachadas de los palazzi cayéndose a trozos.

Roma es arte. Es entrar en el Panteón y quedar sin aliento debajo del óculo de su cúpula; bajar la mirada ante un pétreo Moisés enfurecido; querer recorrer con tu mano el bronce con el que están hechas las tumbas de los papas; perder la noción del tiempo entre los mármoles inmaculados de la Galleria Borghese y estremecerte ante el infierno de la Capilla Sixtina.

Roma es un paseo infinito, revelador y sanador. Es volver de noche al hotel y comprar un trozo de sandía en un puesto callejero. Es ver cómo presumen los hombres de su nueva camisa. Es querer comprarte un apartamento en el Trastevere, en el portal verde que se abre a un patio adoquinado. Es la decadencia más maravillosa a la que quisieras abandonarte.

En Nueva York ya hemos estado todos. Cuando haces un picnic tras hacer acopio de víveres en Dean&Deluca en Central Park, de vecinos te imaginas a Jane Fonda y Robert Redford en Descalzos en el parque. Si se te pone la piel de gallina mientras cantan gospel en las iglesias por encima de la calle 120, al lado ves sentado a Denzel Washington con su madre en American Gangster. Al salir de un restaurante con mesas cubiertas por manteles de cuadros rojos y blancos en Little Italy escuchas el bullicio de la procesión de San Genaro de El Padrino.

A Coruña y Nueva York son las dos ciudades más cercanas entre España y Estados Unidos, pero yo siempre he sentido mía a la metrópolis americana, sin el océano inmenso que nos separara. Cuando llegué, era como si ya hubiese estado mil veces.

A veces pienso que en otra vida viví allí. Quizás cruzaba el puente de Brooklyn a diario o admiraba atardeceres dorados en la terraza del Metropolitan Museum of Art. Puede que trabajara de repostera en alguna de las bakery donde hornean los brownies más deliciosos que haya probado nunca o de bibliotecaria en la Public Library, donde Carrie Bradshow retiró en préstamo un libro de cartas de amor de hombres ilustres.

Igual fui la dueña de una tienda esotérica en Bleecker Street o de un puesto de frutas tropicales en Tito Puente Way. Estoy segura que me acabaría mudando del pisazo de Park Avenue con portero tocado con gorra de plato para vivir en un apartamento en el Greenwich Village, rodeada de artistas, tiendas de los modistos más innovadores y bares adonde ir a hacer el brunch después de una noche de juerga. Porque sí, ya lo cantaba Frank Sinatra, la gran manzana nunca duerme, ni ganas que tiene.

Me he dado cuenta de que estas ciudades tienen una cosa en común. A sus habitantes le gusta enseñarse y que les vean. Es una característica que critican mucho de los coruñeses, pero pensándolo bien, igual es bueno enseñar un poco y no guardártelo todo para ti. Guardar acaba por producir úlceras.

En estas tres ciudades se vive en la calle, siempre hay movimiento, puedes sentir la energía, por eso me siento feliz en ellas. No hay aguas estancadas. Integran el pasado en su vida diaria, siempre mirando a un futuro que a punto está de ser obsoleto.

Siempre he pensado y sentido estas tres ciudades, Roma y Nueva York sin conocerlas, desde que tengo uso de razón. Sé que no sería yo sin ellas porque hay cosas que sabes que van a suceder. Están dentro de ti. Las presientes.

Las fotografías de A Coruña reproducidas en esta entrada están tomadas de la web de Turismo de A Coruña; la de Roma de un banco de imágenes y las de Nueva York son de mi propiedad.

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