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Cielo sereno, piedra naranja

De arena

En mi mano dejas tu rastro, con ese tacto rugoso que tan bien conozco.


Lo admito, no quería volver. Tu niña de agua, de ojos grandes, no puede vivir en el desierto. Soy de mar y de gaviotas, de aire húmedo y frío, de viento, pero volví.

Volví, después de casi nueve años, para decirte que te quería, que no te olvido y pese a que en tu seno añoraba otra tierra, ahora, te llevo conmigo.

Recuerdo que no te entendía, tú tan bonita, luciéndote ante el mundo todos los días, preciosa y magnífica. Eras de cuento. No podía creerte.

Yo soy más salvaje, más indómita, no tan ordenada, de tiempos más antiguos, de verde y tierra… Te admiraba, pero no te sentía.

Entonces, me encerraste en una habitación con vistas al horizonte. Me dijiste: “te quedarás, aunque no quieras”. Y me diste sólo la llave de tu patio trasero. Me dejaste sola.

Caminé entre muros muchos días, buscando una salida, hasta que me cansé de buscar y de repente, me di cuenta de que la sala de la biblioteca estaba abierta.

Me esperabas, sabia y resuelta, con los libros desplegados. Sabías que me gustaba el olor a papel antiguo, el ruido de la pluma rasgando letras. Sabías que lo llevaba en la sangre y lo usaste para atraerme a ti.

Me pediste que te escribiera, que jugara con las palabras para que me olvidara de todo, que te leyera en voz alta. “Así, no. Entonando… ¿No lo puedes hacer mejor?”.

Sabía que me estabas provocando, que era tu pájaro enjaulado, pero un pájaro no puede vivir sin cantar.

Te miré a los ojos, no por mucho tiempo, con mi expresión más severa, para que entendieras que te estabas pasando, pero bajaste la cabeza y dejaste caer un poco de tristeza. Y por primera vez te vi. Te encontré. Comprendí que me admirabas y que esperabas de mí grandes cosas… Por eso te empecé a leer,  sin obligación y ataduras, dejando mis gotas de lluvia resbalar por la mesa.

Al principio, reconozco que me costaba. Eran muchas tus exigencias, pero querías que creciera, más allá del mar, más allá de las estrellas. Y yo hinchaba sonriente la vela, porque me gusta navegar.

Cuatro años estuve contigo, compartiendo historias. Tú a veces me las contabas a mí y otras era yo la que hablaba. Creo que aprendimos mucho juntas. Esas conversaciones que siempre empezaban, pero que nunca sabía cuándo acababan.

Me acostumbré a tenerte a mi lado, enganchada siempre a la espalda, como si fueras mi hermana mayor. Me hacías fuerte y atolondrada y abrías el camino para mí.

No sé cuántos atardeceres vi ponerse más lejos del Tormes, entre estorninos y trompetas de Semana Santa.

Te dibujé, como si estudiara Bellas Artes. Tus agujas góticas, tus pasadizos oscuros.

Me perdí en tu música, la que corre por tus venas cuando cae la noche y en la calle Libreros, que guardo en el corazón.

Fui feliz porque me enseñaste a crecer, me diste fotos en el huerto de Calixto y Melibea, me dejabas comer junto al río y repicabas con gracia los domingos por la mañana.

Hiciste que encontrara nuevos amigos que aún llevo conmigo, que conservara los viejos y apreciara aún más lo que tengo.

Me volviste dura e independiente, me dijiste que luchara por lo que quería, que creyera en el amor.

Y después de todo eso, de encender tu plaza de luces para que yo bailara, de grabarme en vídeo y hacer volar el largo de mi vestido, me dejaste marchar, sin apenas decir nada.

Me subí en el coche y no volví a verte, perdiéndote en la distancia.

Me llamaste varios años, pero no te hice caso. No porque no te quisiera, sino porque te quería demasiado. Pensé que habrías cambiado, que ahora le tocaba el turno a otros y mi tiempo se había terminado, pero aún así, volviste a insistir y te dije que sí. Con algo de miedo, la verdad. Miedo a crecer demasiado, como Peter Pan.

Y vaya, allí estabas, ocho años después y tan enjoyada como siempre, vestida con tus mejores galas.

Sí, algo había cambiado. Había un cuadro que no estaba en su sitio, pero lo tapaste con la cortina rápidamente, haciéndome reír.

Después, me preparaste el café como me gusta. “Suave, pero tostado”, dijiste.

Incluso apartaste a los estudiantes por unas horas, para pasearte conmigo  por tus calles.

“¿Te acuerdas? No ha cambiado tanto. Dejé que todo siguiera igual, por si volvías, para que veas que no me olvido de ti”.

Y ya no pude más.

Dejé caer la madurez en la acera y me eché en tus brazos, como una tonta. Medio llorando y riendo, sin saber muy bien por qué. Mientras tu voz, ya de abuela, sonó entre mi pelo: “Mi niña de agua. Mi pequeña y dulce niña de agua. Me alegro tanto de que estés hoy aquí…”.

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