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Hace años que mantengo una historia de amor secreta. Comenzó por casualidad, supongo que como empiezan estas cosas. Aunque nuestras vidas no tenían nada en común, algunos de nuestros sentimientos sí. Desde que lo conocí se convirtió en mi compañero inseparable durante ocho meses y nos hemos reencontrado posteriormente en varias ocasiones. Me gusta buscarlo. Y rescatarlo. Sé que a él le gusta que utilice esta expresión.

De origen romano, su familia es una de las más importantes de la nobleza italiana, los Orsini. A su linaje pertenecen militares y miembros de la alta jerarquía de la Iglesia Católica, incluidos tres papas, pero él siempre ha sentido que no encaja en ella y se aleja del poder refugiándose en su estudio, donde lo conocí.

Una mañana, cuando todavía estaba en la facultad, tuve que elegir una obra para realizar un trabajo para la asignatura de Artes Figurativas del Renacimiento, seguramente una de las que más disfruté en la carrera. La obra no debía de ser demasiado conocida y tras revisar varios libros sobre la materia apareció su retrato. Me miró a los ojos y me lo quedé, sin cuestionarme nada más. Ahora sé que me fue él quien me eligió.

Lorenzo Lotto había retratado a su padre, Gian Corrado Orsini, y a él lo pintó años después durante una visita a Venecia. El artista tituló su creación como Gentilhombre en su estudio y en ella Pier Francesco se muestra enigmático, acompañado de varios objetos rebosantes de significado. El libro que contiene la sabiduría; el reptil en busca de luz; el manto azul que aspira a la eternidad; el anillo infinito; los pétalos que nos recuerdan el transcurrir del tiempo, implacable; el arca que simboliza la conservación del conocimiento y el pájaro muerto, como reflejo del alma. De su alma. Nada en el Manierismo es casual, pero sí en gran parte melancolía. Una melancolía saturniana que despierta sobresaltada en la noche, alejándose del ideal renacentista.

Pier Francesco recuerda así la primera vez que se reconoció en el cuadro: “me contemplé en su pálida y morada tersura, como en un espejo […] Así era yo, de triste, de extraño, de indeciso, de soñador, de turbio y de añorante. Un príncipe intelectual, un hombre de esa época […] blando y fuerte, ambicioso y vacilante, dueño de la elegancia que no se aprende y de aquella que enseñan los textos […] 

No creo en las casualidades, pero sí en el destino. Y éste me tenía preparado un segundo encuentro fabuloso con el señor Orsini. Al poco tiempo de conocernos, mientras pasaba una tarde en una librería descubrí Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez, una de las mejores novelas que he leído, en la que el autor argentino da voz a Pier Francesco para que nos cuente su vida.

Nacido el mismo día que Miguel Ángel Buonarotti, pero 37 años después, el 6 de marzo de 1512, mi futuro amor atormentado pasaría casi toda su vida al norte de Roma, en su castillo de la localidad de Bomarzo, donde se convirtió en duque y enfrente del cual ordenó construir el Sacro Bosco. En él inquietan los monstruos pétreos al visitante, aunque a veces pienso que son ellos los que se asustan de su propia existencia.

Recuerda Pier Francesco que vino al mundo en tiempos de violencia, como los que vivimos ahora, porque para alcanzar el poder todo valía. Acomplejado por su giba, que Lotto, tan introvertido como él, supo disimular, vivió pesadillas que el propio generó y los espectros poblaron sus noches. Hizo del dolor su día a día y del arte su obsesión. Ya sé lo que estáis pensando, pero quién dijo que me atraían los hombres simples.

Hace unas semanas alguien lo trajo de nuevo a mi presente. No conozco a esa persona, pero recordó varios fragmentos de la vida del señor de Bomarzo a través de Twitter e inmediatamente sentí el nudo en el estómago. Es la premonición que me anuncia que el destino me prepara un próximo reencuentro porque tengo que conocer en vivo el retrato que tanto estudié y que se exhibe en la Galleria dell’Accademia veneciana. Después me gustaría viajar hacia el sur hasta perderme en el bosque de monstruos retorcidos que finalmente no logró que esculpiera Miguel Ángel. 

Al nacer, el físico y astrólogo Sandro Benedetto definió el horóscopo de Pier Francesco y le auguró la inmortalidad, facilidad para invenciones artísticas y desgracias infinitas. Su padre añadiría en esa carta astral de su puño y letra “los monstruos no mueren”, remarcando sus defectos físicos, hurgando en una herida que no cerraría nunca.

“Sí mueren. Los monstruos mueren también; todos morimos; la inmortalidad -me lo ha confiado mi abuelo, el cardenal, en su agonía- es la voluntad de Dios; la única; un día morirán los monstruos de piedra erigidos por mi orgullo”, cuenta el duque en la novela.

Pero yo no estoy tan segura.

“Yo era esos ojos pardos, ese pelo castaño lacio, partido, recogido detrás de las orejas, esas cejas finísimas, esos pómulos acusados, esos labios rojos, apretados pero hambrientos, ese agudo mentón, esas inteligentes, delicadas manos desnudas, esa intensidad, esa reserva, ese orgullo, ese poder oculto y latente, esa llama fría, esa equívoca, imprecisable violencia que se presiente en el hielo de la soledad aristocrática, y esa ternura también, desesperada. En la galería de los desesperados de Lotto, no me gana ninguno. Había que ser, como él, un melancólico y un ambiguo, para captarme así, para aprisionarme con sus pinceles…”

Bomarzo, Manuel Mujica Lainez

Las fotografías del Bosco Sacro de Bomarzo que se reproducen en esta entrada están recogidas de diferentes webs de viajes.

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