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Cuando me escapo a la luna, cojo las escaleras mecánicas que salen de mi tejado, detrás de la puerta roja que guarda la maquinaria del ascensor. Se van desplegando y desapareciendo a medida que avanzan y crean una burbuja de aire envolvente para que pueda respirar. Es un servicio ultrarrápido que está disponible las 24 horas del día para cualquier usuario, pero no sé por qué nadie más lo utiliza.
El único requisito que figura en un cartel pegado a la pared es que seas mayor de edad, que vayas solo y que no estés allá más de una hora.


Cuando quise hablar de él en la última reunión de la comunidad de vecinos, casi no pude abrir la boca. El tema principal era si aprobar o no la creación de puentes espacio temporales a otra dimensión en los sótanos para ampliar las plazas de garaje, así que dejé que la discusión siguiera su curso.
Por otro lado, es un placer que el acceso no esté masificado, perdería parte del encanto si la noticia llegara a oídos de una empresa y tuviera que aguantar intromisiones publicitarias, cada cinco minutos, sobre la venta de perfumes, revistas, periódicos, bebidas y billetes de lotería, aparte de tener que facturar por excederme de mi peso ideal. Afortunadamente, el trayecto es mucho más tranquilo, sólo ves capas y capas de nubes, alguna bandada de pájaros y después, el sol, libre en medio del cielo. El sistema incluye un canal de música chill-out por si quieres relajarte en el transcurso del viaje. Si miras a los lados, puedes ir distinguiendo los contornos de los países, los continentes, los océanos y más tarde, la Tierra entera.
Al llegar a la luna, la escalera se introduce en un edificio circular, con forma de cráter y estructura de cristal. La entrada tiene puertas automáticas que se abren con el movimiento y dan paso a una sala discreta y elegante, donde un señor bajito y con bigote, pincha la burbuja de transporte y te pide el abrigo.

– ¿Qué desea la señora? -suele preguntar.
– Lo que te apetezca -le contesto.
El señor, cuyo nombre desconozco, se ríe entre los pelillos de su bigote y se va contento a preparar un cóctel tras una barra al fondo de la estancia, canturrea subido a una banqueta y prepara los ingredientes.. Siempre es diferente y siempre me gusta.
La sala, de color vainilla, tiene una enorme lámpara de araña, un sofá blanco impecable frente al ventanal desde el que se contempla el paisaje y un piano de cola, a la derecha, un poco más atrás.


Lo suele tocar un chico joven y espigado, con cara de triste, que nunca habla y corre despavorido si lo miras. Sólo empieza cuando le das la espalda. Entonces, todo deja de existir. El tiempo se para y la música entra por todos los resquicios de tu cuerpo, contando tu propia historia, aquella de la que nunca habías hablado.
El señor del bigotito se acerca con la copa que ha preparado y siempre comenta algo:

– Melancolía.
– Eso parece -contesto.
– Dulce y delicada. Como los buenos recuerdos… ¿Sabía que es el único olfateador de almas del mundo? -añadió esta vez.
– No -le miré intrigada, mientras se sentaba a mi lado.
– Es un gran artista -dice bajando la voz-, pero no puede dar conciertos. Huele el interior de las personas y los auditorios lo volvían loco. Todo lo que percibe lo expresa en el piano. Acabó ingresado en un psiquiátrico, con las manos atadas -explica con una mirada lejana.
Un día, nuestros caminos se cruzaron. Mi mujer tenía Alzheimer, ¿sabe? Y casi no hablaba, ni siquiera me reconocía, pero un día, paseando conmigo en el jardín del recinto, ella, de repente, se acercó a él y le dijo: “Canta. Si no puedes tocar, canta”. Pensé que era un arranque de los suyos y ya iba a llevármela de allí, pero él, sin levantar la mirada, cogió su mano y olió su piel, entonces tatareó toda nuestra vida convertida en una pieza de música clásica. Nunca había escuchado nada tan hermoso, nunca me había sentido tan querido… No lo puedo describir, sólo sé que lloraba y era muy feliz -confesó con los ojos vidriosos.
Ella falleció al poco tiempo y yo quise escapar de todo aquello que era mi vida y que dejó de tener sentido. Sabía que buscaban personas para dirigir salas de meditación en sitios insospechados, un proyecto de un millonario excéntrico y pensé que los dos podíamos trabajar en una de ellas. Y ahora, está usted aquí… -dijo mirándome risueño- ¡Pero diablos, usted viene a meditar y ya le estoy contando mi vida! ¡Perdóneme, podrían echarme por esto! -y se levantó de un salto.
– ¡No por Dios, no hace falta! Quédese si quiere. No me importa, lo agradezco.
– ¿Sí?, ¿está segura?
– Claro, no hay problema. Al fin y al cabo, de tantas veces que vengo por aquí, ya deberíamos haber hablado antes -respondo, arrimándome y dejándole asiento.
– Pues lo agradezco, en serio. Después horas de silencio es agradable hablar un poco. Aquí viene mucha gente, pero cada uno se queda ensimismado en sus pensamientos mirando fijamente a la Tierra, mientras escuchan tocar al chaval. Son como fantasmas sin rumbo. Usted es la única que parece ser feliz aquí… Permítame mi insolencia, pero… ¿por qué viene?
– Bueno, no me negará que esto es fantástico.


– Mmmm… No se crea, a la gente no le gusta pensar. De hecho, he de confesarle una cosa: aquí vienen muchos suicidas -apuntó con aire cotilla.
La melodía paró de repente y entró un acorde inquietante.
– ¿Qué me está contando?
– Como lo oye, con más de uno he tenido que ejercer de psicólogo. ¡Cuántas muertes habría si no estuviera aquí! -dijo alzando la ceja, acompañado de la 5ª sinfonía de Beethoven.
– Quién lo diría… -contesté sorprendida- Pues yo no, ¿eh? Estoy muy contenta de vivir.
Sonaba una alegre escala ascendente.
– Sí, lo sé, por eso le pregunto.
– Es más sencillo que todo eso. A veces necesito alejarme y aquí me siento libre.
Volvió la melancolía.
– Ve, hasta él lo nota -señalé sin mirar el piano.
– Alejarse de qué.
– Bueno… Verá… Es que yo vivo en un cuento.
– ¡No me diga!, ¡pero eso es fantástico! ¿Tiene un final feliz? -preguntó ilusionado.
– No, no tiene final. Todo es estupendo y maravilloso constantemente.
– ¿Y cuál es el problema?
– Que no avanza.
La tapa que cubría las teclas debió caer de repente.
– Ya veo… -apostilló reflexivo.
– Yo… Me gustaría tener mi propia historia, ¿entiende?, con una evolución, donde mis esfuerzos me lleven a alguna parte diferente a donde acabo siempre.
– Ya. ¿Y lo ha intentado?
– Constantemente, con muchas tramas distintas, pero siempre vuelvo al mismo punto. Es como si tuviera 23 años siempre, pero mi cuerpo envejece.
– Fmmm… Es complicado entonces.
– Me temo que sí, pero no me quejo. Comparada con sus historias son tonterías. Con venir aquí de vez en cuando, me conformo.
– Bueno, yo todavía no le he dicho que también tengo una habilidad especial.
– ¿Ah, sí? -le miré extrañada.
– Sé dar consejos.
– Gran habilidad -dije con una risa contenida.
– No se ría, los de las galletitas chinas de la suerte querían contratarme.
– No, no, en serio. Es muy difícil hacerlo, por eso estará usted aquí -añadí.
– Exactamente y le voy a dar tres, porque me cae bien.
– Usted dirá.
– Si te caes siete veces, levántate ocho. La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces. Siempre ten presente que lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo y mientras tanto nos tendrás aquí para escaparte cuando quieras.
– ¿Eso es de Paulo Coelho?
– No, del maestro Yoda.
Nos reímos.
– ¿De verdad cree usted que pasaré del nudo?
– Shhh… Escucha… Él no suele equivocarse.

– Esperanza -comento.
– Mientras usted la tenga en su corazón no habrá nada que no se pueda hacer -dijo mirándome atentamente, envueltos los dos en silencio comprensivo.

Me dio un cariñoso golpecito en el hombro y nos quedamos callados observando la Tierra.

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