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Si me vieses por primera vez entre un grupo de gente, sin yo hablar contigo, es probable que pasara desapercibida. Físicamente me considero una persona normal, del montón. Ni fea ni guapa. Ese punto medio de lámpara de salón que hace esquina y que si falta dices: “¡Uy, aquí había una lámpara!”. ¡Ese!

lámpara de mesa¡A ver!, si quiero, como todo hijo de vecino y cualquier programa americano asegura: ¡puedo destacar!, pero seamos realistas, hay que esforzarse, no soy Angelina Jolie. ¿Podría? Sí, podría, pero no, por ahí no van los tiros.

Aclarado este punto y a mayores, queridos amigos, soy tímida y la falta de participación en una conversación de varios puede interpretarse como desdén y ranciosidad, con lo que ponemos las cosas peor, si cabe.

Realmente me encanta escuchar a los demás y que me cuenten historias. De hecho, lo que más me gusta es ver la cara de esa persona cuando se siente escuchada. Ese brillo en los ojos, esa sonrisa… Debe ser algo extraordinario el que te escuchen alguna vez.

Sin embargo, algunas personas, que sin duda me quieren, se quedan sorprendidas cuando confieso esto:

– ¿¡Pero qué dices!? ¡¡Si tienes una seguridad y una templanza cuando hablas en público que ya la quisiera yo para mí!!

Cabrona, pero de la belleza no hablas.

No, en serio, si puedo reírme de ello es porque ya no me afecta. ¿Cuál es el truco? En realidad, es muy simple, quitando a fenómenos extraordinarios de la pasarela y Hollywood -un 5% de la población, donde un 4% son mujeres-, creo sinceramente que lo que embellece a una persona es la seguridad y la confianza que desprende, que proviene, a su vez, de una buena y justa autoestima, la misma que crece cuando uno se acepta a sí mismo.

¡¡Buaaah, ha sido la pólvora!!

Pues sí, porque no es nada fácil.

Hay que saber ver cuáles son nuestras virtudes y muchos nos sometemos a un espejo deforme. Sobre todo, las mujeres.

espejo deformeComo todo en esta vida, también hay casos que son todo lo contrario, que se quieren demasiado a sí mismos, pero en mi entorno, lo más común no es eso.

Puede que subas una o dos tallas de pantalón, como mucho, porque como nos obsesionamos tanto con la línea, a la mínima estás haciendo dieta y corriendo todos los días en el gimnasio.

En realidad, los que te rodean no lo van a notar, pero no, cuando te miras tú ves a una mooorrrrsa rellena de queso, bacon y bechamel con pliegues y repliegues de grasa.

Sin embargo, un chico engorda diez kilos en un mes y dice que quizá debería cuidarse, pero come como si no hubiera un mañana.

Algo aquí no me cuadra.

Entonces puedes decirme que no es cosa tuya, que tú te ves estupendamente, pero es que -y esta frase cada vez que la escucho es para mí como si rascaran con las uñas un encerado- las mujeres somos muy malas entre nosotras.

Mujeres cotilleando de otraAl parecer, estamos constantemente buscando defectos físicos en las demás para justificar los nuestros. “¡Es verdad! -me explicaron- Tú entras en una discoteca y ya te están mirando todas de arriba abajo a ver cómo vas”.

Es ahí cuando debe entrar el ojo por ojo y el diente por diente porque a los quince minutos, esa persona que se había quejado me dice: “Mira esa. No sé ni cómo se atreve a ponerse un short con esa celulitis”.

Cuando hago notar esta contradicción, escucho: “¡Es que es la tele, la publicidad, las revistas femeninas que nos impulsan a pensar eso!”

A ver, reconozco que la mujer tiene más presión social que el hombre en temas de belleza. Parece que tenemos que estar perfectas a todas horas. Pero aún así:

Punto número uno: No puede ser posible que todas las mujeres de la discoteca se giren cuando entres tú. No eres tan importante.

Punto número dos: A lo mejor como mucho te miran dos. Y puede que no te miren a ti, a lo mejor están mirando al tío cachondo que está en tu mismo ángulo. Porque la discoteca es profunda y hay más gente.

Punto número tres: Pongamos que te están mirando a ti y además, no porque les guste tu vestido. Lo hacen con maldad, para criticarte. La culpa de que lo pases mal en ese momento no es de ellas, es tuya, por prestarles atención y creerte que tienen razón.

Punto número cuatro: Y si sabes que no te gusta y lo pasas mal, ¡¡porque coño lo haces tú con otras tías!!

De verdad, soy mujer, pero no lo entiendo. En cuanto a complejos físicos y psíquicos, a mí con mi adolescencia me llegó de sobra la experiencia.

Tuve la suerte de ser una niña bastante inocente y me llevaba bien con todo el mundo. Pero claro, todo tiene una contrapartida y, cuando mi mejor amiga Mary me decía que no podía ponerme bikinis porque estaba tan delgada que daba asco, realmente me lo creía.

¿Era verdad? No, pero yo pensaba que sí.

Ella, al contrario que yo, a los once años ya era mujer. A mi juicio era muy guapa, pero entiendo que no le resultara agradable ser la primera en usar una talla 90 de sujetador con niños hormonados en clase.

Por mi parte, yo era de las más altas, pero tardé años en tener caderas o pecho. Estaba delgada, simplemente. Sin embargo, mi amiga me decía que parecía de Somalia y me aconsejaba poner ropa floja y taparme, porque mis piernas eran como palillos, según ella. Y aunque ahora no veo eso en las fotos de aquella época, recuerdo que antes no tenía la misma percepción.

Afortunadamente yo seguía riéndome, jugando, pasándolo bien y llevando mis colores fuertes por todas partes, aunque a ella le horrorizaban y decía que mi forma de ser era muy infantil.

Poco a poco, no me daba cuenta, pero esos pequeños comentarios estaban creando miedos e inseguridades y estaban limitando mi forma de ser.

cadenaLos complejos son como unas cadenas invisibles, no te das cuenta de que están ahí hasta que un día descubres que no estás haciendo lo que quieres hacer de verdad: bien sea ponerte una falda, hacer un chiste en grupo, bailar, cantar…

A los 15, estando en el instituto, me sacaron una foto y cuando la vi, me quedé idiota. Tenía los hombros caídos, la mirada triste… Parecía que estaba huyendo de la cámara -realmente lo estaba haciendo-, no me reía y llevaba ropa pálida y floja… Parecía un fantasma. Después empecé a pensar y me di cuenta de todas las limitaciones que me había impuesto, no estaba donde quería estar, no era como quería ser… Tenía que cambiar.

Así que en los años siguientes, poco a poco, comencé a hacer lo que quería, dijera lo que dijese la gente y por mucha vergüenza que me diera.  Empecé a hacer el idiota para hacer reír a los demás y reírme yo también de paso, me lancé a conocer gente nueva, a participar en muchas actividades, a vestirme como me apetecía, dejé de ver a Mary y fui a por el chico que me gustaba. Eso último no salió bien, pero me lo pasé… de fábula.

Y lo más importante, nunca más volví a tener complejos ni inseguridades, porque después de mucho tiempo me encontré a gusto conmigo misma.

Por supuesto, como este, hubo más retos que afrontar y más miedos que vencer, pero como ya estaba acostumbrada a no agachar la cabeza, fue más fácil superarlos. Anímate, de verdad, prueba a romper algún eslabón de tus cadenas, aunque sea solo uno y verás cómo cada vez pesan menos.

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