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Jardines BoboliHacía dos semanas que habíamos llegado y las temperaturas no nos daban un respiro. Los telediarios mentían diciendo que hacía menos calor del que en realidad marcaban los termómetros para no espantar a los turistas, pero la prensa local y los vecinos aseguraban que hacía decenios que nos soportaban un verano tan extremo y yo me los creí sin rechistar.

Habíamos adquirido una rutina que nos convertía en unos habitantes más de la ciudad. Dejábamos la casa temprano e íbamos a clase durante toda la mañana. Al salir, recorríamos los puestos del mercado de la plaza que teníamos justo delante rebosantes de verduras, frutas, calzado artesano y bolsos de un cuero cuyo olor rebotaba en las paredes de los edificios porticados. Comprábamos día a día para que los productos no se malograran de puro sopor.

Entre los dos subíamos la compra al piso y mientras yo me quedaba en la cocina, con las enormes contras apenas entreabiertas preparando la comida para todos, tú ibas al supermercado a hacer acopio de litros y litros de agua. Y de regreso parabas en la mejor panadería y nos surtías con el pan más sabroso que se podía encontrar.

A las 14.30 la enorme mesa se empezaba a llenar de gente, convirtiéndose en una miniatura de las Naciones Unidas con representación española, estadounidense, japonesa, británica y húngara. Al finalizar, algunos nos quedábamos de sobremesa, pero las dos chicas estadounidenses y alguno más tras fregar la loza y ordenar todo, se apresuraban a marchar a la piscina. Supongo que pasar horas muertas en una silla alrededor de la mesa donde acabas de comer no es una costumbre fácil de asimilar para un norteamericano.Ponte Vecchio y río Arno

¿Pero qué más se podía hacer? Nada. Sólo concentrarte en respirar, abanicarte y pasadas las cinco de la tarde ir a ducharte por tercera vez en el día. Todavía habría una cuarta antes de acostarse. Desde luego, yo no ponía un pie en la calle hasta que eran al menos las ocho de la tarde. Al caminar notaba como el pavimento y los edificios desprendían un calor que parecían haber acumulado durante los mismos siglos que llevaban en pie.

A la mayoría de los del grupo les gustaba ir a pasear al borde del Arno y sentarse en el Ponte Vecchio a comer un helado o un panino, pero a mí me daba la sensación de que aquella agua turbia de fluir lento aportaba más humedad al ambiente incrementando su pegajosidad.

Ante esta climatología, los museos decidieron retrasar su cierre hasta las 2 de la madrugada y aquella tarde-noche fui a visitar la Capilla de los Magos en el Palazzo Medici Riccardi. Me la había descubierto el mejor profesor que he tenido, el mismo que me hizo amar la pintura del Quattrocento y los azules, oros y rojos con los que Benozzo Gozzoli decoró la indumentaria de la comitiva representada en aquellas paredes. Estaba sola, rodeada de los principales personajes de la sociedad florentina de hacía más de quinientos años y de la belleza más delicada y sutil que había visto nunca.Capilla de los Magos

Al regresar a casa, varios estaban haciendo planes para esa noche. Algunos querían ir a una discoteca de las afueras y otros a un par de bares de la zona antigua. Poco a poco se fueron yendo, pero tú y yo decidimos quedarnos. De repente, se hizo el silencio. Me duché y preparé una ensalada caprese para los dos. Comimos en la cocina y a continuación salimos al balcón trasero.

Lo que más me gustaba de aquel piso, de techos altos con restos de frescos y corredor inmenso que ocupaba la segunda planta de lo que había sido un palacio en el siglo XVIII, era aquel balcón emparrado que se abría sobre los jardines de Boboli. Todavía no me creo que nuestro vecino fuera el amohadillado de la fachada del palazzo Pitti.

En aquella terracita charlamos durante horas, mientras entre los árboles se colaba el sonido de un concierto de música clásica. Y comprendí a Stendhal. Pero sabías lo mal que me sienta a mí el calor y me dejaste ir cuando dije que iba a intentar dormir un rato. Ya en cama, el cansancio por la falta de descanso me rindió en menos de un minuto.

Sin embargo, no había pasado mucho tiempo cuando llamaste a mi puerta. Me levanté, abrí y asustada pregunté:
-¿Qué pasa?
-Ven. Te va a encantar.

Me agarraste de la mano, guiándome por el pasillo infinito hasta que salimos al balcón. Estaba descargando una magnífica tormenta de verano, los truenos se escuchaban en la distancia, pero la lluvia era incesante. Te miré y sonreí. Recorrí el balcón hasta el extremo que estaba descubierto y dejé que aquella agua me empapara con violencia hasta chapotear con los pies descalzos sobre el mármol oscuro.

Cuando me di la vuelta para resguardarme bajo la parra estabas de pie sosteniendo dos copas de Chianti. Nos sentamos, brindamos, bebimos y vimos amanecer. El aire estaba impregnado por el olor que desprendía aquella tierra en proceso de hidratación, reseca después haber soportado el ardiente sol de la Toscana durante semanas. Nunca lo sabré, pero ¿olería yo igual?

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