«Te quiero», me dicen tus manos, jugando distraídas con las mías, mientras miras la pantalla de un portátil en un vagón de un tren.
– Siempre estaré ahí, pase lo que pase… Yo siempre delante, para protegerte, para defenderte, para que nadie te haga daño -afirmas mientras me aprietas de repente.
Y sin embargo, te siento débil en tu fortaleza, como si en algún momento pensaras que me voy a ir; pero yo te la devuelvo de nuevo, firme, intensa:
– Será difícil que te libres de mí.
(…)
– Me gusta estar contigo -tantean divertidas tus yemas, saltando de un lado a otro. Yo las cazo al vuelo, para dejarlas escapar después.
– A mí me gusta perseguir tus venas, tus rugosidades, esa marcada aspereza del remo. Rudas como la madera, fuertes como el mar -sobre ellas dibujo las olas, usando mi tacto de pincel.
Te rascas con un gesto gracioso cuando aparecen las cosquillas y me coges raudo la muñeca, impidiéndome avanzar.
Entonces, descubierta, resbalo fácilmente por tu brazo y me voy al hueco de tus palmas, dispuesta a descansar.
Tú me acoges como siempre, sin problemas, tranquilo y generoso, me ofreces calor y seguridad.
– Te quiero -te digo, mirándote a los ojos.
Al instante aparecen los tuyos y me das un beso cariñoso, un beso lleno de amor.