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Volar

Pesaba tan poco… Me sentía tan ligera… La alegría me hizo coger altura. Me puse de puntillas y después ya no tocaba el suelo.

Empecé a distanciarme del mundo muy rápido. Abajo dejaba las casas, las ciudades y los países, atravesando las nubes.

No sabía cómo ni por qué, pero mi cabeza parecía un festival de fuegos artificiales, de pensamientos que jugaban los unos con los otros, como niños en un patio de colegio. Escuchaba la sinfonía del universo y mientras, hacía juegos malabares. Todo era muy fácil.

De repente, frené en seco y el tirón que sentí me hizo mirar abajo. Tenía amarrada una cuerda al tobillo.

Empecé a bajar bruscamente. No quería, pero no dependía de mí. Una fuerza desde abajo tiraba de mí a brazadas. Volví a ver los países, las ciudades y las casas.

Cuando llegué a tierra, una persona a la que no le veía la cara, pero a la que sabía que quería, me dijo que no debía volar tanto, que podía salirme del cielo y que a partir de ahora, tendría que llevar sacos de arena en los bolsillos, aunque pesasen.

Esa misma persona me dijo que mi misión era estar en la Tierra, vivir y ser feliz “a secas”, matizó, que no me habían hecho para las alturas ni para los canales subterráneos.

– Ser feliz, ¿olvidarme de toda preocupación? Bueno, eso es fácil.

– Las cosas más sencillas son las más complicadas -contestó.

Me ardió por un segundo el corazón. Eso ya lo había dicho yo hace mucho tiempo, ¿cómo se me había olvidado…?

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