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Imagen sacada de Kinfolk

Imagen de la revista Kinfolk

Es imposible reunir en una sola entrada todas las modalidades de aparentar que puede interpretar el ser humano occidental. Concretamente, el que vive en España. No voy a analizar a los de otras culturas porque si no esto parecería la Enciclopedia Británica. Empezar aparentando yo y decir que conozco a la perfección las sociedades surcoreana o camboyana y soltar que lo último de lo último en esos países es compartir amante bandido con tu amiga del alma, sin ir más lejos, no procede.

En esta primera entrega sobre el postureo patrio me apetece hablar sobre salir a cenar al sitio de moda donde tendrás que dejar un riñón a modo de fianza, no comerás nada o casi nada decente y los camareros te tratarán como si tuvieras una tara mental, mientras te hablan como si ellos ostentaran una cátedra de Física Molecular en el CSIC. ¿Y sabéis qué? Que todo lo que nos pase y digan en ese tipo de sitios es poco. Asúmelo, eres imbécil. Y lo sabes. Aquí enumero alguno de los motivos:

1.Esperar en la barra una hora para que te den una mesa o intentar la reserva por teléfono una semana tras otra es puro masoquismo. Imagina que te hicieran lo mismo en la panadería. ¿A que buscarías otra? ¡Pues será por restaurantes en este país!

2.Sentarse en un banco corrido, por muy bien que quede para las fotos y parezca sacado de Kinfolk, no es práctico. Si necesitas levantarte, molestar a tropecientas personas o hacer malabarismos no procede. La combinación vestido+tacones+movimiento de pierna a lo Sharon Stone en Instinto básico igual impide que más de uno haga bien la digestión. Se nota que el lumbrera del interiorista, además de hijo único, no tuvo primos con los que apretujarse en un banco para comer en la cocina de casa de su abuela cuando era un chaval.

3.Si en la carta los pocos platos de pescado o carne que hay van combinados de forma surrealista con productos que no le pegan ni con cola, ¡no los pidáis! Cualquier madre, abuela o persona humana sabe hacer un lenguado a la plancha. No hay que ser Ferrán Adriá. Así que querido chef de local pijo, no me lo disfraces con salsas, ni lo acompañes con cosas extrañas porque lo único que estás haciendo es darme gato por liebre y para eso me voy al primer sitio de comida rápida que encuentre o al chino de la esquina. Una de dos: o la materia prima con la que trabajas no es fresca y de calidad o no tienes ni idea de cocinar. ¿Estamos?

4.Propietarios de sitios de querer y no poder, una pizza o una hamburguesa no pueden costar como si me sirvieran una caldeirada de raya. No sé si me explico. La masa de la pizza es harina, agua, sal y levadura. Encima nunca he visto ningún lingote de oro. La hamburguesa, lo mínimo que tiene que llevar es “ternera gallega”, como se encargan de publicitar. Repito, si no, me voy al primer fast food que encuentre iluminado con neones y comeré la primera cosa que decidan darme en un envase de cartón. Si la decoración del local, estilo bohemio parisino más visto que el TBO, les subió el presupuesto, igual a mí no me apetece ayudar a subsanar costes.

5.Decía mi admirada Samantha: “Si te acuestas con un tío y la cosa sale fatal, la culpa es suya. Si repites, la culpa es tuya”. Apliquemos esta lógica a este tipo de restaurantes. El otro día, un grupo de amigos sufrimos una cena en el restaurante Pazo de Altamira de Santiago de Compostela. El comedor estaba casi lleno, mientras el camarero te explicaba que el pescado lo cocinaban a no sé qué temperatura. ¡Y a mí qué me importará! No soy crítica de la Guía Michelin. Si me gusta algo, ya me interesaré por la elaboración. Cada plato que llegaba a la mesa era peor que el anterior. ¡Una y no más, Santo Tomás! Pero hay gente que repite porque este tipo de sitios están de moda, les gusta enseñarse, que los vean y ver. Cada uno tiene sus aficiones. Yo prefiero calcetar.

6.Son escasos los sitios a los que merece la pena ir a comer o cenar. Desde luego, cada vez me estoy volviendo más selectiva. Prefiero espaciar las salidas y pagar, más o menos, por lo que merece la pena. Por eso prefiero cocinar en casa. Sabes que trabajas con producto de calidad, lo elaboras a tu gusto y, además, ahorras dinero.

Después de despellejar a los restaurantes a la última y a su clientela, ¿con qué capítulo de “Aparentando” queréis que siga? ¿Preferencias? ¿Mujeres cuyo fin en la vida es casarse con un médico, abogado o empresario? ¿La familia (y no estoy hablando de El Padrino? ¿Las egobloggers? Me encanta empezar el año haciendo amigos. Así puedo agregarlos a Facebook. Y felicitarles la Navidad el año que viene, aunque no haya tomado ni un café con ellos en mi vida.

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