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Juez Castro

El juez José Castro en los exteriores de los juzgados de Palma / Getty Images

Cuenta Gonzalo Suárez, en un reportaje publicado en El Mundo, que el juez José Castro estuvo las fechas que coinciden con las fiestas navideñas encerrado en su casa trabajando hasta 20 horas diarias para que por segunda vez no tiraran abajo el auto en el que ha imputado a la infanta Cristina por los supuestos “delitos fiscales y blanqueo de capitales“, por los que tendrá que prestar declaración el próximo día 8 de febrero.

Cuentan que el día de Reyes, la única luz encendida que se veía en los juzgados de Palma era la de su despacho. Y que ha repasado los 227 folios y sus argumentaciones hasta la extenuación. También cuentan que el día 7, cuando la prensa dio a conocer la noticia sobre la hija del jefe del Estado, telefoneó a sus familiares más cercanos tranquilo y sentenció: “He hecho lo que tenía que hacer”.

No tengo ni idea de cómo es este señor. Tampoco tengo ni idea de cómo es la hija del Rey imputada, ni su marido. Nadie sabe cómo acabará este proceso judicial, aunque sospecho que unos cuantos lo tienen más que claro. Pero lo curioso es que el país al completo está sorprendido porque José Castro haya sido capaz de llevar su investigación hasta tan altas esferas. Y eso es más que triste, es lamentable. No que lo haya hecho, sino que nos asombremos.

Da igual cómo se resuelva el futuro juicio. Me resulta indiferente que la lejana e improbable heredera no se siente en el banquillo; que toda la culpa recaiga sobre el príncipe azul desteñido de dos metros y ojos azules; que salgan a la luz más correos electrónicos en los que veamos la capacidad amatoria del ex jugador de balonmano (¡hay qué ver cómo se las gastan los chicarrones del norte, eh!); que al juez Castro le busquen alguna metedura de pata y lo aparten de todo el tinglado. Y da igual porque todos sabemos lo que hay en Palma, en Marbella, en A Coruña o en Madrid. El panorama huele tan mal que no hay stock de Febreze suficiente.

Palma Arena

Interior del Velódromo de Palma, también conocido como Palma Arena

Y lo que hay es que este país está dividido entre gente que trabaja y gente que se lo lleva calentito. La primera clasificación está representada por personas como José Castro, hijo de campesinos andaluces, que una vez que obtuvo su licenciatura, opositó y desde entonces ha trabajado sin cesar. Y resulta que a punto de la jubilación, le toca investigar el caso Palma Arena y a raíz del mismo, el caso Nóos. 

Y yo que no soy jueza, supongo lo que se le pasa por la cabeza a ese señor viendo desfilar a tremendo nivelazo de personajes, por cierto, muchos elegidos para representar a los votantes, es dejarse la piel para empapelarlos a todos, eso sí, muy justificadamente. Pero como él es un simple funcionario, su único recurso es trabajar hasta quemarse las pestañas, con mucho cuidado de no cometer ni un solo fallo, porque ya tiene a muchos haciendo cola para comérselo con patatas, mientras me imagino a los investigados echando un vistazo a las cuentas llenas de todo lo que nos robaron repartidas por paraísos fiscales varios.

Boda duques de Palma

Los duques de Palma, el día de su boda, saludando a la plebe

La segunda clasificación de la gente de este país está representada por la pareja que contrajo matrimonio en la catedral de Barcelona, mientras fuera le esperaba la plebe para saludar y rendir honores. La esposa no ha tenido nunca la necesidad de trabajar porque pertenece a la familia más importante (¡Ejem!), sin embargo, desde hace años tiene un puesto en la obra social de La Caixa, que le respetan aunque se traslade a la Antártida. De todos es conocido el interés de los pingüinos en las relaciones internacionales. El esposo, alto, apuesto y muy lucido en las fotos de Hola, practicó balonmano, pero su mejor jugada la llevó a cabo emparentando con la dinastía Borbón. Eso le permitió subir como la espuma en el ámbito empresarial sin tener experiencia previa, conseguir supuestos favores institucionales y convertirse en aspirante a sucesor de Julio Iglesias, pero explotando su faceta nordic look, que en los países del sur tiene mucho gancho.

Jaime de Marichalar

Jaime de Marichalar

Parece ser que los duques de Palma cenaron con sus cuatro hijos en Nochevieja en el lujoso hotel Continental Paris Le Grand en la capital francesa. Igual probaron a digerir con champán la imputación que se avecinaba… Mientras, dicen que José Castro trabajaba sin descanso para que nadie pudiera rebatir su profesionalidad. En estas dos actitudes se divide el país. Y el mundo. Y la Historia. Y cómo actuamos cada uno. Y para cualquiera de las dos hay que valer, aunque para una de ellas, además, hay que tener el estómago apto para platos de chefs parisinos.

¿Os acordáis cuándo todo eran risas y escándalos por culpa de unos pantalones de estampado estrambótico? Espero que el dueño de los mismos se esté riendo muy fuerte en su casa.

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