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Mi novio, Israel, suele leer sólo libros técnicos sobre telecomunicaciones y automatismos -temas que a mí me apasionan- y yo siempre busco en las librerías de viejo los clásicos de la literatura, a poder ser, en pasta dura, con decoraciones doradas. Una actividad que requiere de un tiempo que él sobrelleva como puede, con mucha paciencia, pese a que nunca me diga nada.

A pesar de ello, siempre me pregunta cuáles son mis escritores preferidos y suele añadir un “por qué”.

Puede que empecemos a hablar de un libro en las afueras de la ciudad y lleguemos al centro todavía con él. Pregunta y escucha como si se fuera a examinar de él y además analiza las tramas con interés, sin que sea necesario llegar a ver ni una sola letra. Es una cosa fascinante.

Charles DickensEn una de esas tardes le hablé de Charles Dickens.

Como le dije a él, empecé con “Cuento (o Canción) de Navidad” cuando era pequeña. Los fantasmas me daban mucho miedo y compartía los temblores de Ebenezer Scrooge, ese maldito tacaño cruel al que al final acababa compadeciendo porque era un pobre infeliz que aún merecía otra oportunidad.

¿Otra oportunidad?, ¿después de todo lo que había hecho? ¿Cómo Dickens había conseguido que cambiara de opinión?

“Él siempre logra que tu perspectiva del mundo se abra y que no te quedes con la primera impresión de las cosas, que las veas en un contexto mayor“, le dije a Israel.

Entre sus personajes siempre hay alguien puro e inocente (idealizado) al que estafan, engañan, maltratan… hasta que entra en el juego “sucio” de la vida, arrastrado por la corriente, como “Oliver Twist”. Sin embargo también hay otros muchos ambiguos y grotescos, que aparentemente son malos, pero en realidad son víctimas de la sociedad en la que viven.

El siglo XIX, en plena Revolución Industrial, no es un paraíso desde luego, hay grandes diferencias entre las clases sociales y Dickens supo retratarlas todas con humor, en un Londres lleno de hollín y barro, con muchas anécdotas autobiográficas, descrito desde los bares de las afueras hasta el Támesis. Aunque también cruzó el charco para enseñarnos Yarmouth, en Canadá, con “David Copperfield” o retrotraerse a la Revolución Francesa en “Historia de dos ciudades”.

Crítico mordaz, contrario a la esclavitud, a la pena de muerte y defensor de las prostitutas, es un moralista porque siempre aporta un mensaje final y una reflexión. Algunos de sus lectores decían que sus historias no eran creíbles, posiblemente porque en ellas el bien prevalece a pesar de que todo parezca torcerse, pero a mí es lo que más me gusta de él. Eso y que muchas de las problemáticas planteadas en sus novelas aún siguen de actualidad.

En “Grandes esperanzas” también demuestra ser un romántico, pero además juega con la fuerza del rencor, el odio heredado y la vergüenza, sobre las que vierte una gran dosis de intriga. Gran parte de ella se debe a que la obra de Dickens se publicaba en un periódico por entregas ilustradas mensuales o semanales, lo que hizo que fuera leído por la mayoría de la población inglesa. Sobre todo, aquella que no podía comprar libros.

Ahora, por Navidad, ha llegado a mis manos la primera de sus novelas, “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, una sátira de la filantropía en la que sé que no va a quedar nadie en pie. ¿La has leído?

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