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No sé cuándo leí “Peter Pan” por primera vez, creo que era muy pequeña, pero también lo suficientemente grande como para saber que era un drama.

Por aquel entonces yo ya escribía los finales de los cuentos que no me gustaban y el de este sentía que tenía que cambiarlo urgentemente. Así que agarré un bolígrafo, dejé que los niños perdidos encontraran una familia junto a Wendy y sus hermanos y permití que todos crecieran, pero les di la oportunidad de volver cuando quisieran a Nunca Jamás. Para ello, Campanilla les había dado un frasco con polvo de hadas que guardaban en un cajón.

Algunos días, cuando las cosas no iban bien, emprendían el vuelo a ese lugar extraordinario, aunque sólo fuese por unas horas y las penas parecían deshacerse entre risas.

Peter, por su parte, seguía volviendo a buscarlos a menudo, pero los niños no podían ir siempre porque cada vez tenían más deberes.

Un día, hablando con Wendy, le preguntó qué había en esos libros que los mantenían durante tantas horas sentados en su habitación. Wendy le contó que existían muchos más mundos que Nunca Jamás y que sólo aprendiendo a leer los descubriría. Ayudado por ella, pronto construyó sus propias palabras y poco a poco se dio cuenta de que ser adulto también podía ser una aventura, aunque no dejara de volar hacia la segunda estrella a la derecha.

¿Por qué lo hice? Bueno, aunque es uno de mis cuentos preferidos, el escritor, James Matthew Barrie, y yo no entendemos lo mismo por madurar. Para mí, significa asumir responsabilidades; trabajar duro -aunque no te guste- para conseguir tu objetivo; ser capaz de tomar decisiones difíciles, aceptando sus consecuencias; poder mantener conversaciones serias y reducir tu tiempo de ocio…

Hasta ahí, he descrito lo que intenta explicarle Wendy a Peter en el libro y es comprensible. No podemos pasarnos la vida con la cabeza en las nubes. Es una posición muy cómoda el pedirle a los demás que te arreglen todo, mientras tú te dedicas solo a pasarlo bien. Sin embargo, ¡¿Peter no lo entiende y se marcha traicionado?!

Nooo… Eso no es justo para alguien tan bueno como él. Conociendo a Peter, se iría cabreado, no lo niego, pero acabaría pensando a solas en algún rincón de la isla, echaría de menos a todos y volvería a hablar con Wendy, con miedo, pero dispuesto a probar lo que es crecer, no de golpe, pero sí poco a poco, porque en el fondo es un valiente.

Por su parte, Peter le explicaría a Wendy que hacerse mayor no implica renunciar para siempre a todo aquello que les hace felices, que tiene que poder volar con él hacia Nunca Jamás, aunque sea una vez al año, pero que lo haga, que siga volando, porque si no, tanto ella como el resto de los niños, cuando sean adultos, se olvidarán de cómo hacerlo.

Si los dos lo aceptan y se comprenden mutuamente, entonces habrán madurado.

Desde que escribí este final, hace años que mantengo dentro de mí este peculiar acuerdo, cuidando tanto mi parte de Wendy como mi pequeño Peter y he de decir que ambos no saben vivir el uno sin el otro.

Me paso todos los días trabajando en mi escritorio, pero en mi mesa siempre hay un guiño a la alegría absurda que me recuerda que nada es tan serio y definitivo como parece. Además, verás un globo terráqueo antiguo, libros desplegados con preciosas ilustraciones, un panel lleno de folletos de exposiciones de arte, entradas de teatro o cine que me inspiraron en su momento o mensajes especiales y fotos de mis amigos. También tengo posavasos con dibujos de Alphonse Mucha, revistas de viajes, historia y moda, una hoja de árbol seca del último otoño y una tarjeta de identificación que pone “PRENSA”, colgando del flexo, entre otras muchas cosas.

Es verdad que cumplo los plazos por norma y soy muy rigurosa con los proyectos, pero estos no serían ni la mitad de creativos si no me siguiera riendo con las películas de dibujos animados, dejara de jugar con mis primos pequeños después de las comidas familiares o me olvidara de lo que ellos me enseñan siempre: que el sentido de la vida es el de intentar hacer realidad aquello con lo que soñamos.

La dedicación y la perseverancia son fundamentales para salir adelante, pero el día que pierdas la alegría, la ilusión, las ganas de jugar, de aprender, la capacidad de emocionarte o la imaginación, ese día, olvídate, te harás viejo de repente.

El próximo día 5 voy a ir a la cabalgata de Reyes a coger caramelos con los peques y a volver a creer en los tres señores con barba, aunque tenga 31 años. Me asombraré si veo arena en el pasillo al día siguiente y el vaso de leche vacío y les diré a mis amigos que me ha caído algún carbón, pero que en general podré decir que Baltasar siempre se acuerda de mí.

Puede que tengas 50 años o más, pero mientras mantengas vivo al niño que llevas dentro siempre serás joven.

Nunca dejes de creer. ¡FELICES REYES!

Heidi. “Abuelito dime tú”

La abeja Maya

Marco. “Mi mono Amedio y yo”

La bola de cristal

Mofli, el último koala

Jackie y Nuca

Los payasos de la tele

Barrio Sésamo

Merrie Melodies. Bugs Bunny y Porky

La Pantera Rosa

Los Pitufos

Teresa Rabal “Veo Veo”

Los Picapiedra

El oso Yogui

El pájaro loco

Mazinger Z

Dartacán y los tres Mosqueperros

La vuelta al mundo en 80 días

E.T. El Extraterrestre

He-Man

El equipo A

El coche fantástico

Los problemas crecen

David, el gnomo

Dragones y Mazmorras

Superman

Indiana Jones

La guerra de las galaxias

Fraggle Rock

Sherlock Holmes

Alf

Calimero

La aldea del arce

Ghostbusters

Oliver y Benji

Chicho Terremoto

Alfred J. Kwak

La panda de Julia

As bolas do dragón

Los Caballeros del Zodiaco

El príncipe de Bel Air

Cosas de casa

Sensación de vivir