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Algunos la llaman la ciudad de la luz; otros, la capital del amor, pero lo cierto es que París no se deja atar a las palabras porque es libre y cambia constantemente siguiendo el ritmo de sus gentes. Multirracial, multicultural, histórica y moderna a la vez, es un mundo de contrastes que atrae a cualquier viajero.

Lo mejor para conocerla es recorrerla a pie, cualquier esquina allí puede sorprenderte, desde una tienda de perfumes a un espectáculo ambulante, pero sobre todo por su refinada arquitectura. Sin embargo, si no se cuenta con tiempo, existe la posibilidad de contratar el servicio de autocares turísticos París l’Open Tour. Como los buses ingleses, tienen el techo descubierto y recorren, por medio de un carril propio, los distintos distritos de la capital (un día cuesta 31€). Además, el pasajero puede apearse cuando lo desee y volver a coger otro coche más tarde sin tener que volver a pagar (pasan cada 5 minutos). Así podemos tener una visión general de lo que deseamos ver y dónde encontrarlo. Después, podemos desplazarnos en metro, cada billete cuesta 1,70€ y hay bonos de 10 viajes.

Para empezar, en la primera parada podríamos saludar al vigía de Francia, la Torre Eiffel. Con 300 metros de altura al gigante hay que visitarlo tempranito si no se quiere hacer mucha cola, ya que la corte de turistas adquiere dimensiones desproporcionadas con el paso de las horas. Otra opción, si se llega tarde, es subir andando al primer piso, la vista de París desde allí, con los campos de Marte por delante, ya merece la pena.

Cerca tenemos a otro gigante, el Arco del Triunfo, que conmemora las victorias de Napoleón, con 50 metros de alto. La idea era crear un camino triunfal por donde desfilaran los soldados. Alrededor de él hay 12 avenidas, entre ellas, la de los Campos Elíseos, la más glamourosa de París donde están todas las boutiques, cines, bancos, teatros y cafés.

Todo recto, paramos en la plaza de la Concordia, en la actualidad, una de las más bellas de la capital, aunque antes, la sangre de las decapitaciones teñía sus suelos, como la de María Antonieta. En ella, ocho inmensas estatuas, dos columnatas y dos fuentes decoran simétricamente el recinto. Pero lo más llamativo es el obelisco venido de Egipto que se alza en el centro.

Desde allí, si cruzamos el puente Alexandre III podremos visitar “Les Invalides”, museo del Ejército y hospital todavía en servicio, pegado a la iglesia del Dôme, que acoge la tumba de Napoleón en una cripta que preside un sarcófago de pórfido rojo. La singularidad del edificio, su línea perfecta y la suntuosidad decorativa lo convierten en una obra maestra.

Tras un descanso reparador, al día siguiente nos preparamos para una visita cultural. Es el momento de ir a la ópera. El arquitecto Charles Garnier creó el primer teatro lírico francés con una bella fachada neoclásica con estatuas, columnas griegas y una cúpula coronada. Pero su interior es incluso mejor, hecho de mármoles variados, destacan su amplia escalinata y el Grand Foyer, un salón para las galas pintado con frescos, además de la sala de los espejos.

Caminando hacia el Sena encontramos el Louvre. Además de museo, es un palacio cargado de historia en una fachada renacentista. En el centro concede la entrada la famosa pirámide de cristal. Una vez dentro, encontrar las obras de arte más famosas de nuestro tiempo es toda una aventura, pues el edificio es un inmenso laberinto. Desde la antigüedad egipcia, la Edad Media y más, el objetivo final de cualquier turista es fotografiar a la Gioconda en la sala de pintura italiana, protegida por un inmenso cristal. La ambigüedad del cuadro recibe cada día a decenas de improvisados paparazzi empeñados en tener su mejor sonrisa, ¿o es su aire de melancolía?, quién sabe.

Con la duda bajamos pensando al Sena. Poco a poco sentimos cierto aire medieval y llegamos a la Île de la Cité, la isla que alberga Notre-Dame, y que fue el punto donde se originó París. Su estilo gótico y barroco se impone entre sus agujas y las dos torres de su fachada de las que se colgaba Quasimodo.

Terminamos estudiando un poco en la Sorbona, tras atravesar el puente Saint Michel y adentrándonos en los restaurantes del Barrio Latino. La ilustre universidad tiene siete siglos de reputación. El famoso cardenal Richelieu, reconstruyó los edificios y la iglesia, donde pondría su tumba.

El último día libre hay que dejarlo para Montmatre, las antiguas afueras parisinas, donde los jóvenes se relajaban entre sus molinos y el verde de sus campos y parras. Ahora se ha convertido en un distrito singular, parecido a un pueblecito de casas bajas, coronado por el blanco Sacré-Coeur, catedral católica en lo alto de la colina, donde tendremos unas preciosas vistas de la ciudad. No podemos dejar de ver la plaza du Tertre, llena de gente y cafés al aire libre entre pintores y retratistas, o recorrer sus cuestas, donde pasaron pintores como Picasso, Cézanne y Renoir, entre otros artistas.

Como ellos, contemplamos el atardecer desde la basílica y nos despedimos de París hasta la próxima vez. Que sea pronto.

Vuelos: con Iberia puedes hacer escala en Madrid y de allí llegar al aeropuerto de Orly. Vueling ofrece lo mismo haciendo escala en Barcelona.

Alojamiento: el hotel Royal Fromentin, situado a los pies de Montamatre y cerca del metro es una buena apuesta. Aunque es viejo, no deja de tener encanto, está a los pies de Montmatre y dispone de ofertas especiales que incluyen desayuno.

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