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Hace años, una compañera de trabajo me preguntó si merecía la pena ser una buena persona, porque, según ella, los que siempre triunfaban eran los canallas y los trepadores, sin talento, pero con importantes contactos.

– Bueno, eso es una decisión personal -le dije- Depende de a qué le llames éxito. Para mí, el que ganes mucho dinero a costa de la gente, no es un triunfo, desde luego. Y tampoco mi felicidad depende de los cuantiosos millones que pueda llegar a tener en el banco.

– No, pero si no eres como ellos, esas personas se acaban aprovechando de ti. Ellos avanzan y tú te quedas atrás –me contestó.

– Eso es diferente, el que tú seas buena, no quiere decir que seas tonta. Tú  marcas tus principios y tus límites y los defenderás si es necesario. Lo que tienes que saber es lo que quieres en la vida.

Ella me miró poco convencida y ahora mismo no sé muy bien qué camino habrá tomado. Por mi parte, sí que he elegido. Por ejemplo, el estar aquí ahora, en Coruña.

Recuerdo que otro amigo de la carrera me dijo hace años: “¡Pero qué demonios te da esa ciudad que no puedes salir de ella!” y yo le contesté: “Sí puedo, pero no quiero”.

A lo mejor, por circunstancias ajenas a mí, acabo en otro país. Quién sabe, no lo descarto, pero sé que siempre acabaría volviendo a Coruña, de una u otra forma.

Ya lo he explicado en otra ocasión, es el mar, que me ata con una fuerza magnética. Sólo este mar y no otro. Él me escucha y me comprende, me habla entre rugidos y siempre me está esperando. Qué más puedo querer.

Bueno, sí, es mentira, hay muchas cosas más que quiero. Soy una niña caprichosa a la que le gusta estar cerca de su familia.

Cómo no. Tantos años acompañándome mientras crecía, en lo bueno y en lo malo, echándome broncas o preocupándose por mí a la mínima. Todos ellos me regalaron ilusiones que aún ahora no sé si podré alcanzar, pero qué maravilla que me hayan ayudado a hacerlo.

Mis abuelos me enseñaron que todos tenemos un tiempo limitado en esta Tierra, pero si lo aprovechas al máximo, ese tiempo nunca muere y tenían muchísima razón, así que yo quiero aprovechar el que tengo con ellos.

Además reconozco que no sé vivir sin mi pareja. Evidentemente no puedo estar todos los días con él y en todo momento, es inviable, pero sé que si podemos, lo estamos, y nos lo pasamos tan, tan, tan bien que todos los problemas que nos podamos encontrar por el camino parecen más bien pocos. Un beso y un abrazo arreglan más cosas que la ONU.

Y los amigos. Puedes ser director de una gran multinacional, tener un yate y cuatro casas, pero si no tienes amigos, serás la persona más triste del mundo. Y no hablo de enchufes, de pactos de poder, ni acuerdos de conveniencia. Un amigo nunca te olvida, te acompaña mientras creces y crece contigo, te echa de menos si no puede verte, te escucha atentamente, te aconseja  y provoca o comparte tus risas, o tu tristeza, si toca llorar, te conoce casi mejor que tu madre, hasta te echa la bronca si lo ve necesario y te duele un montón, ¡porque lo dice él y te importa! Además, te ayuda, muchas veces sin que tú se lo pidas y cuando más lo necesitas, puede que incluso no llegues nunca a darte cuenta, pero lo hará igual.

Yo tengo unos cuantos amigos y a todos los quiero tanto como ellos me quieren a mí.

Pero todavía no he acabado, aún me queda alguna exigencia más: los valores. Esas palabras tan antiguas que suenan a novela de caballerías: humildad, honradez, libertad, respeto, igualdad, solidaridad… Prefiero mil veces que me tachen de loca y ridícula, como Don Quijote, antes que permitir una injusticia, faltar a la verdad o aprovecharme de otros.

Recuerdo que alguien dijo que pronto me olvidaría de esos ideales con la edad, pero cuanto más crezco, más orgullosa estoy de defenderlos.

Tampoco puedo prescindir de mis pasiones. Las palabras, los libros, el cine, la música, la fotografía, el arte, la naturaleza, los viajes… La cultura multiplica mi vida.

Mis paredes están cubiertas de estanterías y frases subrayadas que esperan su consulta, los pinceles descansan tranquilos por ahora y la memoria del ordenador se queja de que no puede con tanta foto. Si no fuera porque a mi padre le gustan tanto las películas como a mí, quizá yo ya estaría viviendo fuera de casa. Por eso y por la cantidad de folletos de viajes que guardo en una caja, por si algún día puedo hacerlos realidad.

Es verdad que no tengo casa propia y no recibo un sueldo todos los meses, que no estoy a salvo de chascos, decepciones y es más, me he equivocado y me equivocaré muchas veces, pero a pesar de todo soy feliz, porque sé lo que quiero, me quieren y tengo a quien querer. Eso es más que suficiente y lo demás, ya son otras historias. La mía, como Frank, la vivo a mi manera.

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