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Walt Whitman

Leí a Walt Whitman tarde, siguiendo la estela de Lorca. Hasta entonces no había conocido a nadie que celebrara la vida con tantas ganas en pleno siglo XIX. “Hojas de hierba” es mi libro de cabecera.

Whitman se ríe de las clases sociales, los intelectuales de postín y la iglesia católica, pero predica la igualdad entre seres humanos, desde las propias partículas que nos dan vida, como un milagro de Dios (trascendentalismo), pese al racismo que había en EEUU. Escribió el poema O Captain! My Captain! (¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!), recitado en la película “El club de los poetas muertos”, en homenaje a Lincoln tras su asesinato.

Habla del sexo de forma natural. Somos libres desnudos en plena naturaleza, a la que adora y de la que formamos, según él, parte; cuando en esa época, que una mujer enseñara un tobillo era adrenalina pura.

Vivió su homosexualidad con muchas dificultades, pero en sus textos la defiende desde el mismo amor que todos sentimos y eso, viniendo de un padre simpatizante del puritanismo y alcohólico, una madre dominante e insatisfecha y unos hermanos con numerosos problemas, tiene mucho mérito.

Decía que el hombre nace siendo bueno, pero su entorno en aquel momento -la creación de industrias, el crecimiento de las ciudades, la burguesía…- lo corrompe. Sin embargo, la envidia, el dolor infundido a conciencia como castigo, el egoísmo… Todo lo horrible, lo acepta y lo recita con la misma fuerza, porque es el mundo en el que vive.

En la difícil depresión económica de mediados de siglo, fue impresor, periodista con mala fortuna, maestro y carpintero, también funcionario, pero lo echaron cuando publicó “Hojas de hierba”, un libro considerado como “inmoral”. También quiso ser editor, pero evidentemente eso tampoco resultó. Sólo cuando llegó al magisterio de Emerson obtuvo un reconocimiento por su trabajo, aunque después sería el padre de la poesía moderna del siglo XX.

En todas sus dificultades él aprendió a amarse a sí mismo y a todo lo que rodeaba.

Dar un paseo después de leer el poema “Érase un niño que se lanzaba a la aventura”, no será el paseo de siempre. Buscadlo.

Gracias, Whitman.

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