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Qué puedo deciros. Para mí hubo un punto y aparte después de haber estado allí. Me cautivó por completo.

Mapa de Venecia

Desde el mismo momento en el que coges el tren para adentrarte durante kilómetros en el mar y ves como este parece flotar sobre el agua, ya has entrado en un cuento, pero cuando sales con tus maletas de la estación de Santa Lucia y ves el Gran Canal, con sus palacios y los vaporetti, un montón de gente en movimiento y en mi caso, una luz maravillosa de septiembre… ¡Madre mía! Canaletto, Tintoretto, Tiziano y Veronés no se inventaron nada.

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Tardé tres segundos en procesar lo que estaba viendo y cerciorarme de que era real. Allí me quedé, con la boca abierta, un personaje más de un cuadro.

Justo al lado estaba la oficina de turismo y allí compramos la tarjeta Rolling Venice Card y la Travel Card, para poder subir en los vaporetti cuantas veces quieras. Como los autobuses, son barcos que tienen varias líneas y recorren los canales principales, parando en los embarcaderos. Habíamos alquilado un precioso apartamento en Arsenale (el barrio del astillero y la base naval) por muy poco dinero y nos estaban esperando en la parada de Celestia. Hacía mucho calor y teníamos que ir de pie, porque estaba lleno, pero a mí todo me daba igual, solo miraba y miraba sin hablar, embobada, como si tnodo fuera a desaparecer de un momento a otro. Varias mujeres iban con nosotros en el barco con bolsas del mercado, los niños se apretaban para que cupieran sus mochilas a la salida de la escuela y en la puerta de una casita de fachada desconchada, un hombre elegante cogía su lancha motora. Para ellos esa era su realidad cotidiana y yo acababa de descubrir la Atlántida.

Apartamentos Santa Ternita

Cuando el vaporetto llegó a nuestro destino, una señora de cincuenta años nos estaba esperando con una sonrisa para guiarnos entre las estrechas calles. El edificio era pequeño y viejo, pero por dentro no tenía nada que ver. El apartamento, Santa Ternita E, estaba perfectamente restaurado, con parquet, aire acondicionado y muebles modernos. Una maravilla, podría quedarme a vivir allí, pero sólo teníamos dos días.

Rápidamente bajamos a hacer la compra. La señora nos había dicho que había un mercado unas calles a la derecha y para apurar, decidimos repartirnos las tiendas: Israel iría a la frutería y yo a la carnicería. Ninguno de los dos sabía italiano, más que algunas palabras.

Al entrar, dos grandes moles de hombre parloteaban del tiempo con una señora mientras le cortaban unas lonchas de mortadela siciliana. Esa que debe tener medio metro de diámetro y que levantaban como si fuera una pluma. Los tres me miraron de arriba abajo, intentando adivinar de qué nacionalidad era sin preguntármelo. No tardaron en saberlo, solo tuve que pedir carne picada y todos sonrieron satisfechos.

Cuando salía de allí, Israel ya venía de vuelta con huevos, fruta y patatas.

–          Sin problema -me dijo- Me atendieron con una sonrisa…

–          Sí, creo que ya sé a qué te refieres.

Después de comer, decidimos ir caminando desde Arsenale a San Marco, primero siguiendo el plano y después nuestro instinto. En el laberinto veneciano topamos con varios callejones sin salida, pequeños puentes que parecían haberse instalado de repente para unir una calle con otra, ropa tendida sobre los canales, cafeterías en esquinas insospechadas, iglesias renacentistas, barrocas… Perderse era un placer y cualquier lugar merecía una foto.

Barrio del Arsenale

Poco a poco, fuimos encontrando los ríos de gente y en un momento dado, el gran canale di San Marco, con las góndolas y las vistas de las islas de San Giorgio Maggiore, la Giudecca y la punta della Dogana, a mi derecha, el Palazzo Ducale, con el Ponte dei Sospiri. Por allí empecé a ver palomas y pronto estuvimos en la Piazzeta San Marco, entre el Campanile, la Procuratie Nuove y Vecchie, con la Torre dell’Orologio y cómo no, la impresionante basílica que da nombre a la plaza. Su arquitectura singular, fruto de varios estilos, realza su belleza dorada. Como era tarde para pararse, decidimos coger el vaporetto nº1 en San Marco y ver el Gran Canal al detalle. Entre los más de 30 palacios repartidos en 4 kilómetros y sus cuatro puentes, destaca la iglesia de Santa Maria della Salute, el palazzo Giustinian, sede de la Bienale, la Gallerie dell’Accademia, el palazzo Grassi, la C’a d’Oro, la C’a Pesaro (museo de arte moderno) y la C’a Vendramin Calergi (el casino), aunque mi cámara no daba más de sí, tuve que comprar una tarjeta de memoria extra.

Palomas

Gondoleros

El Campanile

Basílica de San Marco

La basílica de San Marco

Después volvimos caminando, ya de noche, desde la estación de tren por una de las calles principales de la ciudad, dejando que su luz nos sorprendiera durante un largo paseo.

Al día siguiente madrugamos para visitar la basílica de San Marcos. Fue construida respetando el modelo de dos basílicas de la antigua ciudad de Bizancio, para que albergara el cuerpo de San Marcos, del cual se dice que unos mercaderes robaron de Alejandría para el Dux en el año 828. Sobre esa primera construcción se hizo otra más espectacular en el siglo XI, pero ha sufrido diferentes alteraciones y modificaciones con el paso del tiempo. De hecho, sus cúpulas de estilo bizantino, tienen detalles góticos.

Hay muchos turistas y la cola de espera puede ser de horas, pero en septiembre, no tardamos más de 15 minutos. Una vez dentro, no puedes pararte, ni sacar fotos, pero te dolerá el cuello de tanto levantarlo para ver los más de 4.000 metros cuadrados de mosaicos sobre fondos dorados. Las columnas y los suelos son de mármol y debajo del altar, reposa el cuerpo de San Marcos.

La entrada es gratuita, pero para ver el museo, el tesoro bizantino proveniente del saqueo de Constantinopla y la Pala de Oro, un retablo medieval de piedras preciosas, hay que pagar.

Si optáis por el museo, podréis subir y ver los mosaicos de cerca, así como los caballos de bronce bañados en oro del hipódromo de Constantinopla y que fueron obtenidos como botín en la cuarta cruzada. Las réplicas de ellos son las que puedes encontrar en la fachada.

Patio interior del Palazzo Ducale

Justo después visitamos el Palazzo Ducale, del siglo IX, la residencia del Dux, sede del gobierno y magistratura, por eso veréis la sala de armas, los tribunales y las prisiones. La parte externa es de estilo gótico y el interior, de mármol, clásico. En sus tres plantas, famosos artistas desde Tintoretto a Veronese, pintaron escenas en paredes y techos de los atrios, así como las estancias para que el palacio reflejara la gloria del poder de la República de Venecia.

No os perdáis la Escalera de los Gigantes, la puerta “della Carta” en el exterior del palacio, la sala del “Maggior Consiglio”, las Salas del Colegio y las Prisiones en la parte interna. Para llegar a estas últimas tendráis que seguir el itinerario secreto, así acabarás cruzando el Ponte dei Sospiri, que une el palacio con la antigua prisión de la Inquisición (Piombi), cruzando el Rio di Palazzo. Se llama así porque los presos que lo cruzaban no volverían a ver Venecia, aunque Giacomo Casanova logró escapar.

Puente de los suspiros desde fuera

Ahora es un símbolo para los enamorados que pasan por debajo de él en góndola y un reclamo para los anunciantes que, a cambio de invertir dinero en restauración del patrimonio, ponen grandes cartelones sobre él de publicidad.

La visita completa de todo te puede llevar cinco  horas.

De camino a casa, para comer, nos metimos por el paso de la Torre dell’Orologio parando en las tiendas para comprar bisutería hecha con cristal de Murano y máscaras de Carnaval. Las más bonitas, hechas en papel maché, las encontré en la tienda Sole Luna por 20 euros cada una.

Máscaras

Pastelería Zapatos de Murano

Por la tarde, decidimos no visitar más museos y recorrer las islas. Paseamos en el atardecer por la Chiesa de San Giorgio, de estilo clásico, y cruzamos la Giudecca, la isla de los judíos, llamada así porque en 1515 se prohibió la entrada de estos en Venecia, aunque no duró mucho tiempo. Ahora está llena de residencias de estudiantes y agradables cafeterías con vistas al canal.

Chiesa di San Giorgio Maggiore

Vistas desde Giudecca de San Marco

De allí fuimos a Dorsoduro, un barrio de pescadores, mucho más humilde y de callejas más estrechas, si cabe, perfectas para cometer un asesinato. Por allí ya no había turistas y en la puerta de una taberna, un hombre que debía triplicar la tasa de alcoholemia se ofreció a sacarnos una foto con sus amigos y después nos pidió que se la sacáramos a él con mi cámara. Ante todo simpatía, por eso me caen bien los italianos.

Vistas del Gran Canal desde Dorsoduro. Al fondo hay un vaporetto.  Dorsoduro

Cuando ya debíamos haber llegado a nuestro destino, el puente de Rialto, nos dimos cuenta de que las calles y los puentes no se correspondían. Nos habíamos perdido, claramente. Lo más gracioso surgió cuando se nos ocurrió preguntar en un bar cómo ir hasta allí.

–  ¿Rialto? ¡¡Molto lontano, molto!!

Mi cara debía ser un poema:

–  ¿Dónde estamos entonces?

La señora miró el mapa y su dedo estaba llegando mucho más lejos de lo que yo había estado siguiendo. ¡¡Estábamos en el barrio de la Santa Croce!! Casi a las afueras de Venecia y ni ella misma sabía cómo explicarnos cómo volver a nuestra casa.

Con un par de indicaciones nos dijo que volviéramos sobre nuestros pasos y que preguntáramos más adelante.

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De nuevo perdidos, la noche empezaba a cerrarse y yo no hacía más que encontrar gatos y callejones sin salida. Afortunadamente, tropezamos con unos estudiantes que nos dijeron que era más fácil retroceder a la isla de Giudecca que intentar llegar al Gran Canal. Llegamos a casa exhaustos, pero contentos de haber visto una Venecia diferente y de la que nos habíamos enamorado.

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